La estatua


Escultor: vengo a que esculpas mi estatua. Yo he inmortalizado mi alma, en canciones que nunca olvidarán los hombres. Ahora quiero que tú inmortalices mi carne.

Por eso necesito que me esculpas desnuda, porque sólo las líneas de mi carne son mías, y porque tengo inefables secretos que merecen ser imperecederos.

Pero compréndeme, escultor, para que no me concibas semejante a las amorosas que no tuvieron otro don que su cuerpo.

Concíbeme a mí como un pensamiento, como un puro y noble pensamiento, ilumíname el rostro de luz íntima, y esculpe las líneas de mi cuerpo, castas, ingrávidas, leves e inferiores, cual si fueran los contornos de un alma.

José Manuel Poveda
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 534

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