La huella

Clara se retiró del tocador horrorizada y la imagen, en vez de alejarse en correspondencia, salió del espejo tras ella, con aquel extraño brillo en los ojos, persiguiéndola por la recámara. Ella encontró a su paso las tijeras y se defendió desesperadamente.

Más tarde nadie pudo encontrar el cadáver que la pobre histérica decía. Sin embargo, todos quedaban ligeramente intrigados ante aquel inexplicable reguero de azogue sobre la alfombra, justo en el sitio que Clara señalaba, obsesivamente en medio de sus delirios.

Manuel Narváez Fernández
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 561

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Viaje a la infancia

Ese domingo despertó con mucho sueño todavía. Abrió la ventana que se hallaba exactamente encima de su cabeza. Observó que la mañana era bella, el aire que se había colado por la ventana le hizo esbozar una sonrisa y, aspirando profundamente, ensanchó su velludo y poderoso tórax guardando así el aire fresco de la aurora boreal unos momentos, después con un ¡aaahhh! expulsó el aire de sus pulmones. Estiró la mano y alcanzó la grabadora, prendió el radio deslizando un oscuro botón; Radio Educación/Cuentos para niños, un programa de Rocío Sáinz.
Sin darse cuenta se sumergió profundamente en las canciones infantiles de América latina a la par que algunos recuerdos de su infancia se disparaban vertiginosamente en su mente gris.

Sintió melancolía por los tiempos idos hacía veinte años por lo menos, sus ojos se tornaron vidriosos y un nudo hizo acto de presencia en su garganta. ¿Qué me pasa? alcanzó a pensar antes de soltarse a llorar y patalear como un niño. La puerta de su cuarto se abrió y entró mamá un tanto alarmada a cambiarle de pañal.

José Luis P. Barboza
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 557

Cuento urbano

Después de practicar la autopsia, la doctora exhaló un grave suspiro al tiempo que decía al enfermero: —Una víctima más de la ciudad.
Sobre el quirófano el cadáver escondía un gran hueco en el pecho, justamente en el sitio donde había formado su nido la soledad.

Leticia Herrera
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 548

La venganza

Después de una audición, dentro de un camerino y recargado contra mullido respaldo, pensaba en la razón de ser de su existencia. Era muy anciano, tanto, que podía recordar hechos ya por muchos olvidados. Por ejemplo, aquél 1726 en el que él tenía apenas 7 años. Entonaba cantos dulcísimos en el Coro de la Catedral y una multitud acudía sólo acudía sólo por el gusto de escucharlo.

Se acomodó un poco más contra el mullido respaldo. Las vibraciones que aún recorrían su cuerpo, le hacían sentirse bien. Aunque su aspecto no era muy grato, él estaba seguro de sí mismo: bajo, ancho de cuerpo, desconcertadamente acinturado, calvo y de un moreno reluciente, se le veía siempre orgulloso de ser quien era. ¡Ciertamente, se decía, mi vida ha sido rica en satisfacciones! ¡Ha valido la pena vivirla!
Sin poderlo evitar, recordó aquella ocasión en que lo habían dejado encerrado en un camerino. Esa vez estaba descansando y habiéndose quedado dormido, no se percató de su situación hasta que unas voces lo despertaron ¡Ah, a él no debieron hacerle semejante cosa! Su ego herido no encontraba consuelo y desde entonces rumiaba la manera de vengarse.

En esas meditaciones estaba, cuando se dio cuenta de que nuevamente lo habían encerrado ¡Eso era más de lo que podía tolerar! Sin pensarlo un momento, inflo el pecho tanto como pudo, reventó sus 4 cuerdas templadas de 5a en 5a y ahí se quedó, en su estuche de violín consagrado, despeinado y satisfecho.

Gloria López Tornero
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 544