La huella

Clara se retiró del tocador horrorizada y la imagen, en vez de alejarse en correspondencia, salió del espejo tras ella, con aquel extraño brillo en los ojos, persiguiéndola por la recámara. Ella encontró a su paso las tijeras y se defendió desesperadamente.

Más tarde nadie pudo encontrar el cadáver que la pobre histérica decía. Sin embargo, todos quedaban ligeramente intrigados ante aquel inexplicable reguero de azogue sobre la alfombra, justo en el sitio que Clara señalaba, obsesivamente en medio de sus delirios.

Manuel Narváez Fernández
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 561

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