Mauricio-José Schwarz

Mauricio-José Schwarz

(México, D.F.; 2 de febrero de 1955) es un escritor mexicano, que ha ejercido labores como periodista y fotógrafo, radicado en España desde 1999.

Orientado principalmente a la literatura de géneros (ciencia ficción, terror, policíaca) ha publicado más de un centenar de relatos en revistas de México, Colombia, Francia, Argentina, Venezuela, Bélgica, Cuba, Estados Unidos y España; tres novelas policíacas, dos colecciones de relatos individuales y numerosos artículos y ensayos, además de antologías y obras colectivas publicadas en Estados Unidos, España, Francia, Italia, Colombia, Venezuela, Argentina y Cuba.

Fundó o cofundó numerosas revistas literarias y culturales, especialmente Estacosa revista de ciencia ficción cuya hermana digital Otracosa sería la primera revista electrónica publicada en México.

Es miembro fundador de la Asociación Mexicanade Ciencia Ficción y Fantasía (AMCyF), creador del premio “Kalpa” y autor de la entrada sobre ciencia ficción latinoamericana en español en The Encyclopedia of Science Fiction, editada por John Clute y Peter Nicholls.

En 1989, su novela Sin partitura obtuvo mención en el Primer Concurso Internacional de Novela Policiaca y de Espionaje de Editorial Vanguardia de Nicaragua, y fue publicada en México por Ediciones B en 1991. Es autor también de La música de los perros, primera novela negra mexicana con tema de rock, y No consta en archivos, traducida al francés y en Bélgica como Ne figure pas aux archives (Editions Labor, Bruselas, 2002).

Adicionalmente ha escrito guiones de televisión y cine, entre ellos el de su cuento “El libro de García”, filmado por el director Carlos García Agraz, y una veintena de letras de canciones para el grupo “Transfusión”, musicalizadas por Antonio Malpica.[1]

Autopresentación de Mauricio-José Schuarz

Procedo de una larga estirpe de perdedores, desde Sócrates (o antes) hasta Pancho Villa (y después). A todos ellos los distingue que no han vendido el alma por un plato de lentejas y que han mantenido los principios íntegros hasta la tumba.

Nunca he sabido qué responder cuando me preguntan a qué me dedico. Desde niño he conocido muchas actividades apasionantes, astronauta, escritor, músico, fotógrafo, futbolista, astrónomo, paleoantropólogo, actor, etólogo, torero, periodista… Pero me dijeron que tenía que elegir sólo una de estas maravillas, de estas posibilidades que despertaban mi apetito emocional e intelectual. Vaya, me enseñan todos los juguetes de la tienda y luego me salen con que sólo me puedo llevar uno, y es para toda la vida, cantidad de tiempo que ya sospechaba yo que presentaba abundantes oportunidades de aburrirse hasta las lágrimas.

Medio lo intenté, fracasando. Me trataba de concentrar en una cosa y hacía ocho más. Estudiaba el bachillerato y actuaba en teatro, rasgueaba la guitarra, hacía mis pininos en la fotografía y pintaba al óleo el retrato (inconcluso para siempre) de la por entonces dueña de mis noches, estudiaba psicología y criaba peces, estaba en la carrera de antropología y escribía poemas y cuentos.

Así acabé siendo aprendiz de todo y oficial de nada (no, no acabé ninguna carrera). He hecho muchas cosas y las he disfrutado, desde maquillaje teatral hasta ser mago aprendiz. Unas pocas nunca pude intentarlas, como la astronáutica. Otras están en la lista de pendientes todavía. En varias mi falta de habilidades, talento o capacidad son de escándalo y las abandoné para regocijo del público. Hoy traduzco, tomo fotografías, escribo, hago periodismo de divulgación científica escrito y en radio, hago análisis político y promuevo el pensamiento crítico y la educación cuestionadora. Mañana quién sabe qué haré.

Nunca fui como se suponía que debía ser. Nunca maduré. Nunca me “llegó el momento” de sentar cabeza, Nunca me tragué el orgullo y bajé los ojos, Nunca anduve al ritmo que me marcaban. Nunca me corté el pelo, nunca dejé el rock, nunca me convencieron de que me callara, nunca acepté opiniones sin pruebas sólidas. Nunca exploté a nadie, nunca evangelicé, nunca abusé de nadie, nunca busqué que lloraran las mujeres que me han querido, nunca dañé a nadie voluntariamente (legítima defensa aparte). En resumen, no tengo problemas de conciencia, que a mis años ya es decir

Nunca temí volver a empezar y lo he hecho muchas veces. No descarto volver a hacerlo varias veces más antes de perder el hábito de respirar. No pienso envejecer con elegancia ni gracia, pretendo resistirme como enseñó Dylan Thomas (do not go gentle into that good night). Sé que vivir es resistir, y así lo hago, supongo que no tan mal porque aquí sigo[2].

 


Viñetas

A lo largo y ancho de los planetas habitados de la nebulosa de Andrómeda, se inició la campaña para reclutar voluntarios que colaboraran en la tarea de salvar la vida inteligente en la tierra. El slogan que se publicó rezaba: Por nuestros hermanos intergalácticos y contra la barbarie; salvemos a los delfines de las garras de los hombres.

Mauricio-José Schwarz
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 721

Ignacio Xurxo

Ignacio Xurxo

Fue director de empresas líderes en alimentos y bebidas, e integró cámaras empresarias. Retirado muy joven, se dedicó al periodismo cultural desde Clarín, La Nación, El Cronista y otros medios locales; también ejerció como corresponsal de Excelsior y El Universal, de México. En ese país, fue premiado e incluido en la antología Promexa de grandes narradores del siglo XX  junto a Borges y Cortázar. Uno de sus libros tuvo Premio Municipal y, otro aparecido en el 2000, volvió a concitar elogiosas críticas. En Publicidad, aportó a la creación de campañas para productos masivos y, actualmente, su consejo es requerido por empresas y profesionales especialistas en motivación y comunicación.[1] 

Ignacio Xurxo, tardíamente in memoriam

(Apareció  en Página 12 el 2-Feb-2011)

 

 Por Mempo Giardinelli

Me lo dijo Orlando Barone hace un par de semanas, en el Canal 7: “¿Supiste que falleció Ignacio Xurxo?”. Me dejó helado, y más porque –comentó Barone– murió hace casi tres meses.

Tantos amigos comunes que tuvimos, tantos autores y autoras que con Ignacio publicamos en Puro Cuento, durante años, y sin embargo nadie me avisó, nadie me dijo nada. No es queja, sino constatación: vivo lejos de Buenos Aires y eso, se sabe, en este país es como vivir lejos de Dios.

No leí el pequeño obituario en La Nación justo ese día, primero de noviembre. Y además estaba claro que entonces casi todo el país lloraba a Néstor Kirchner. Qué iba a haber lugar para llorar al Viejo Gómez, como algunos llamábamos a ese gallego inigualable: Ignacio Gómez Xurxo, natural de Vigo, hijo de ignotos inmigrantes y llegado a la Argentina siendo un niño.

Tenía justo 80 años cuando murió. Periodista y narrador, tipo derecho y leal como ya no se fabrican, había publicado muy poco pero leído muchísimo. En 1970 su primer libro de cuentos obtuvo un premio municipal y fue reeditado más adelante como Tahití y otros cuentos. Un librazo, hoy inconseguible.

El texto que daba título a esa colección, precisamente, fue incluido en una antología titulada Los grandes cuentos del siglo XX, que se publicó en 1979 y donde compartió cartel con cuentos de Borges, Cortázar e Isidoro Blaisten. Pero no le gustaba hablar de esa época. Aunque desde comienzos de los ’70 escribía ocasionalmente en las páginas culturales de La Nacióny de Clarín, durante los años de plomo había tenido que sobrevivir coordinando talleres literarios y escribiendo en revistas culturales toleradas por la dictadura.

Yo lo conocí en 1984, cuando regresé a la Argentinay le traje una carta del gran cuentista Edmundo Valadés, que era su cuate, amigo y valedor, como se dice en México. Es curioso cómo los caminos de la literatura a veces se entretejen: cuando me exilié fue Eduardo Gudiño Kieffer quien me conectó, carta mediante, con Don Edmundo, que fue mi primer amigo mexicano; de igual modo fue éste quien me conectó con Xurxo cuando regresé.

Altísimo, calvo y miope, Shursho –como le decíamos– me fascinó de inmediato quizá porque era un hombre tan humilde, tan sabio y tan sabrosamente ácido e irónico como jamás vi otro igual.

Fuimos amigos entre 1986 y 1992, años en los que nos vimos casi a diario. Porque él fue, aunque ninguna necrológica porteña lo habrá dicho, el jefe de redacción de Puro Cuento.

Por eso ahora yo podría decir que fue mi brazo derecho en la revista, pero no, me quedaría corto. Porque Ignacio fue además uno de mis maestros. Nadie sabía de cuentos como él. Nadie había leído tanto cuento de todo el mundo.

Amigo de Blaisten y de Cacho Costantini, podía iluminar la obra de Alvaro Cunqueiro o la de Rosa Chacel, a quienes conocía en sus detalles más profundos. También conocía todo Borges hasta en sus más recónditos aspectos y era capaz de disertar con autoridad sobre Conrad o Rulfo, Chejov o Stevenson, Herminia Burana, Cortázar o Asencio Abeijón. Escéptico incurable y tanguero de ley, por si fuera poco, Xurxo escribió también Una luz de almacén, deliciosa biografía de Edmundo Rivero que publicó Emecé en 1982.

Dueño, encima, de una prosa perfecta que hubiese merecido mejor suerte si él mismo no hubiera hecho todo lo posible para que así no fuese, prefirió ser siempre un escritor escondido, un narrador secreto y nunca supe por qué. Tampoco quería hablar de eso; jamás lo hizo, al menos conmigo. Tipo raro y de cerriles silencios, era capaz de pasarse muchísimas horas sin pronunciar palabra, sólo leyendo cuentos. Adoraba el género, lo teorizaba como nadie y podía armar una cuadrícula equilibrada de la revista en media mañana.

Ignacio fue mi apoyo más firme y más leal en aquella aventura de rescatar y publicar cuentos de calidad en un país que parecía resistirse a crecer, sometido como estaba a inexplicables suicidios electorales, crisis económicas feroces, carapintadas contumaces y una memoria que había que consolidar a cada paso. Su consejo siempre sano y desinteresado, la sensatez de su sentido común y su agudeza y olfato eran un tesoro invalorable que teníamos en la revista.

Ahora, casi veinte años más tarde y mientras escribo todo lo anterior, siento que en la literatura argentina de pronto hay un vacío irremediable. Que ni el canon ni el mercado, siempre atentos a cualquier pendejada, sabrían reconocer.

Pero créanme: aunque aparentemente no se note, en el universo del cuento literario de este país hoy todo está despoblado.

Aunque la rueda ruede y siga rodando, como debe ser, hay un enorme vacío porque se nos murió el Viejo Gómez.[2]

 


Sobre la mortalidad de los poetas

En el año 2020 el Estado Corporativo Universal decretó el derecho al goce de una libertad hasta entonces retaceada: la de canibalismo. Aparte de las motivaciones éticas, los considerandos contemplaban la irremisible escasez de alimentos y la necesidad de un retorno al acatamiento de las leyes biológicas sin ningún tipo de cortapisas. Contra lo que estimaron los computadores, el mayor porcentaje de sobrevivientes no se registró entre los profesionales de las armas, sino entre los poetas. Fue comprobado que tenían un alto grado de adaptación a alimentarse con todo tipo de desechos y que, a su vez, no eran apetecidos por su magrura y lo amargo de su sabor. Se dijo además, que repetían.

Ignacio Xurxo
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 716

Científica y legal

Si lo pudiera decir, lo diría en caracteres claros y relucientes, en letras hinchadas de ardor, de contagiosa pasión y comunes deseos. Diría que la vi, que entró muy hondo y que no ha querido salirse. Quedó ahí, paseándose en las profundidades infinitas del alma, flotando suavemente en los espacios siderales del amor. Explicaría, aunque parezca absurdo, que me posesioné de su imagen y su imagen de mí. Y la pasión y el dolor y el coraje y todo aquello nació de dos seres y lugares tangibles, pero ella germinó a través de su imagen posesionada de mi ser, a lo largo del tiempo, en un amplio espacio.

Para decirlo mejor, traería a un físico moderno, un heredero de Einstein, que aplicara correctamente las ecuaciones de Lorentz a la teoría de la Relatividad. Me auxiliaría además de los tratados de Freud y, recorrería sin vacilar la obra completa de Carlos Marx para llegar a la mecánica de la dialéctica misma. Pero si nada de esto tiene resultado, si no es suficiente lo que argumento, entonces recabaré pruebas, conseguiré testigos, llegaré a los Tribunales y demostraré ante la propia Ley, que existió, que ella existió, mucho más allá de la desilusión, la desesperanza y el final.

Armando Murad
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 713