¿Quién tiene la música?

¿Porqué la música no se encuentra como las nubes, o se hace humo visible de color rosado o amarillo?… no importa de que color… pensaba un niño sentado frente a un radio grande y antiguo de la olvidada abuela. Y con un movimiento rápido y ligero abrió sus manecitas y las alargó cuanto pudo hacia la bocina más próxima del aparato.

De pronto se paró, tapándose su carita toda escurrida de lágrimas, tan dulces y tan tristes, el niño corrió hacia el sillón de pequeñas florecitas y gritó: ¿Quién le ha quitado el cuerpo a la música? ¿Quién tomó prestados sus zapatitos descoloridos?. Que tanto han jugado en las cabezas y en las orejas de los niños. Porque no es ni siquiera una nube, una simple nube para poder reírme de sus caprichosas formas… lloraba el niño.

Y el sillón comprensivo le contestó, enjugándose también sus lágrimas y con su mejor voz, al tiempo que cruzó una de sus patitas, dijo: ¡Por que la música tiene el cuerpo de quien la escucha!.

María Guadalupe Sánchez L.
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 732

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Castillos en el aire

Le gustaba construir castillos de naipes; él decía que esos eran los verdaderos castillos en el aire, y que, por lo tanto, era un símbolo de los sueños. Su destreza en la construcción era irregular, ya que algunas veces sólo acertaba a construir casuchas de sirvientes o campesinos. Esto le debió demostrar que ni los sueños resultan a la altura de nuestros deseos.

Sin embargo, al paso del tiempo, logró ser un maestro en la construcción de castillos, y envanecido, decidió habitar el mejor. Al principio fue el rey de sus quimeras, con una honda satisfacción de su parte; pero después las paredes, brillantes y lustrosas fueron hostiles, hasta que un día, cuando trato de salir, se dio cuenta que ahí no había puertas ni ventanas, ni súbditos de corte, ni damas cortesanas, ni fiestas y que semejante soledad más tenía de prisión que de reinado. Alcanzó la certeza de ser un prisionero.

El final previsible, de esta historia es la muerte. Este llegó al derrumbarse el mejor palacio del arquitecto de sueños, provocando, tal vez, por su intento de fuga, o por el viento, o por el aburrimiento de un dios niño, cansado de jugar.

Enrique Atonal
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 729

Antonio di Benedetto

Antonio Di Benedetto

Nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunos años de abogacía, se dedicó al periodismo. El gobierno de Francia lo becó para realizar estudios superiores en esa especialidad. Como periodista fue subdirector del diario “Los Andes”, y corresponsal del diario “La Prensa”.

En 1953 publicó su primer libro, Mundo animal, con el que inició su brillante carrera de escritor cuya cima fue la novela Zama, acaso una de las más grandes novelas de la literatura argentina.

Antonio Di Benedetto recibió numerosos premios y distinciones por su labor: el gobierno italiano lo condecoró como caballero de la Orden de mérito en 1969; en 1971 la medalla de oro de Alliance Française; en 1973 fue designado miembro fundador del Club de los XIII, y un año después recibió la Beca Guggenheim.

Di Benedetto ocupa un destacado lugar en la narrativa contemporánea argentina. Para ello lo acreditan su personalísimo estilo, su capacidad de crear personajes vivos, su facultad inventiva, su aguda captación sensorial y su activa intencionalidad poética de remodelador del mundo.

En Zama, alcanzó su culminación el realismo profundo de Di Benedetto; fuerte, cruel, incisivo, supera las apariencias de las cosas y acoge en su seno los productos de la más pura fantasía creadora.

En 1976, pocas horas después del golpe militar del 24 de marzo, Di Benedetto fue secuestrado por el ejército. “Creo nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas”, diría años más tarde. Humillado, golpeado y destrozado anímicamente, fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente a la Argentina en 1985. Murió víctima de un derrame cerebral el 10 de octubre de 1986 en Buenos Aires.[1]

Delito


Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.

Antonio Di Benedetto
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 726

El hombre que forjó nuestras desgracias

No recuerdo si fue un día o una noche. Olía a ruda, a palmeras, a mar. Yo miraba hacia las chozas. Mis gentes descansaban y bebían agua de cocos. De pronto oí un chapoteo que venía desde muy dentro del mar, una masa gigantesca se bamboleaba. Pensé en los dominios, en Xibalbá, y en Mictlan; presumí el inicio de nuestras infinitas desdichas. ¡Cómo deseé que el vigía fuese ciego y retomara su camino! ¡Cómo deseé que el almirante fuese miope o cobarde y nunca hubiese pisado estas benditas tierras! Si no hubiera tocado tierra, yo no sería lo que ese cerdo taxista me acaba de gritar. No sería un hijo de la chingada.

Carlos Daniel Magaña Gracida
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 709