Los ojos

Un día creyó tener síntomas de transtornos mentales o pasajeras alucinaciones hasta que descubrió un ojo en su nuca que siempre había permanecido cerrado.

A partir de ese momento podía abrirlo a voluntad o simularlo bajo un mechón de pelo. Sin embargo, siguiendo un impulso irresistible, tomó la gruesa colilla de un puro que alguien tiró a sus espaldas y con absoluta precisión aplicó la brasa en el ojo. El dolor fue intenso pero luego le siguió la cicatrización y el alivio.

Desde entonces al momento de levantarse le siguen unos instantes de inquietud. Se coloca desnudo ante el espejo e inspecciona cuidadosamente los síntomas de posibles brotes de nuevos ojos. El alivio de no encontrarlos le sirve para pasar el día. Pero a veces se siente desasosegado al anochecer y sus sueños no son tranquilos.

A. F. Molina
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 753

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