Melografía


Sus manos caían con la energía de un herrero amoroso, reptaban sobre las teclas sobando el espinazo de la melodía revolucionaria. Cuando los policías y los detectives irrumpieron con el alarido de sus armas, el pianista no interrumpió su trabajo y siguió tocando hasta que uno de los tiras disparó su ametralladora contra el piano.

En el carro policial atado y sangrante, el músico pensó en su piano y lo recordó como un querido elefante con los sonoros instintos al aire. Sonrió con la comparación, con la imagen del gordo amigo de madera y metal, apandillando con él en tantos sudores de música. El cable verde estalló de pronto en una bombilla saraviada por la cagarruta de las moscas, y el militar, oculto en un rincón del calabozo, hizo una señal a un hombre gordo, quien sonrió y mostró desde lo oscuro el brillo de sus colmillos de oro. Avanzó y con una barra de hierro destrozó las manos del pianista.

Cuando lo empujaron fuera del cuarto de torturas y le dijeron que podía irse para que sirviera de escarmiento a todos los que se dedicaban a la subversión, el músico metió dolorosamente sus manos destrozadas en los bolsillos de su chaqueta, miró a la cara a los verdugos y avanzó silbando por el largo y desolado corredor.

Jairo Aníbal Niño
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 758

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