Prefacio al preámbulo de un cuento

Me veo en la penosa necesidad de contarles un cuento. Un cuento corto, pero eterno… Un cuento de alboroto, donde haya mucho silencio.

Prefiero no ser inoportuna en esos momentos; y por consecuencia les pido si quieren no guarden el silencio requerido, o el suficiente para oír. Si tiene algo pendiente, puede lavarse los dientes y al mismo tiempo prestar atención.

Me pidieron, ahora lo recuerdo… un cuento que dure el amanecer, sin tema, sin profundidad, y con un poco de letras que unidas formaran unas dos o tres palabras, para que así lo puedan leer. No recuerdo qué tipo de fábula o anécdota me pidieron, existen heroicas, dulces, o bien las melancólicas.

Ahora que pronuncio las últimas palabras del prefacio de éste cuento, olvidaba que entre mis manos ha escapado la idea de lo que les quería yo contar. Más prefacio se queda, y al mismo tiempo cuento puede ser. Sería entonces el cuento del poeta que escribía el prefacio de su cuento, y que al amanecer volaron las ideas; y si algún día tú recoges una de éstas, diviértete con ella, podrás hacerla escultura, o bien traducirla en música o utilizar la hoja y el tintero…

Y cuando el poeta del prefacio de este cuento, sepa que sus ideas no se olvidaron, podrá seguir escribiendo o más bien escribir el cuento del preámbulo, que ahora ya está hecho.

Diana Gutman G.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 433

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