El milagro

Alguien lo vio descender del monte. No comía, ni bebía, ni dormía; sólo nos miraba, siempre nos miraba con sus grandes ojos grises, sigiloso y triste. A veces la inquietud nos despertaba y lo veíamos a media pieza, silencioso, contemplándonos. Por eso lo aborrecimos y lo arrojamos al pozo seco. Después llenamos el pozo de piedras.
Una noche, mientras dormíamos, un maullido lastimero, como gemido de niño recién nacido, se regó por las calles del pueblo. Atravesó las paredes, entró a las casas, se subió a los catres, perforó nuestros oídos y rebotó dentro de nuestras cabezas, despertándonos. Desde entonces oímos, porque antes, todos los del pueblo éramos sordos.

Amós Bustos T.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 449

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