El camino

Anduve. Al final me di cuenta que caminé en círculo. Y volví a vivir.
Viví la oscuridad de una sala de operaciones y la luz de un cuarto de hospital y la masa infinita de mi madre y la mirada alegre de algunas personas que empañaban el vidrio que me separaba, y que me hacía especial.

Pronto descubrí las cosas importantes. Viví el sexo, los prostíbulos, las películas eróticas. La corrupción.

Disfruté del momento y no llegué a ser feliz. Me sentí algo pesado por no poder mover mi iniciativa y atrapar mis ideas.

Rodeado de mediocridad viví mi segunda vida igual que la primera. La lluvia me hace imposible ver por mis anteojos y cruzo la calle buscando el fin.

Guadalupe Vadillo
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 667

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Empezando el día


Al amanecer, treinta jóvenes salieron corriendo al claro del bosque, se ubicaron cara al sol y empezaron a inclinarse, saludar, postrarse, levantar los brazos, arrodillarse. Y así durante un cuarto de hora.

Si los miráramos desde lejos podríamos creer que están rezando.

Actualmente a nadie le extraña que el hombre sirva cada día a su cuerpo con paciencia y atención.

Pero qué ofendidos estarían todos si sirviera de esta manera a su espíritu.

No, no era una oración. Era la gimnasia matutina.

Alejandro Solyenitzin
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 659

Alejandro Solyenitzin
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 741

El árbol

Siembra esta semilla. Allí, adentro, recogido, hay un árbol.

Más tarde, como sucede con los huevos de donde salen los pollitos, la semilla se rompe, y emerge todo, menos el árbol.

Salen los pájaros que han de establecerse en sus ramas. Salen los chicos que han de arrancar sus hojas y desgarrar el tronco. Sale el leñador que lo cortará. Sale la familia que encenderá sus leños.

Además, en el rincón más oscuro de la semilla, acurrucado, queda el árbol.

Carlos Villalba
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 656

La fuga


Los latidos de los perros rasgaron la suavidad de la huida y el hombre negro tomó a la mujer negra de la mano y corrieron en medio del cañaduzal. Pronto echaron el estruendo de los cascos de los caballos y los gritos de sus perseguidores.

—¿Escuchas los latidos de los perros? —dijo la mujer.

—Se están acercando —respondió el hombre.

—¿Qué hacemos?

—No te quedes parada. Vamos.

Y la pareja se deslizó en el túnel de sudor, apartó con sus brazos las cañas oscuras y se precipitó en la noche.

El hacendado, ojos grises de cazador nocturno, se levantó sobre los estribos y gritó:

—Los latidos de los perros se oyen en dirección del mar. Tratan de llegar a la playa.

Luego hizo un disparo y consiguió una respuesta unánime de escopetazos. La mujer cayó exhausta entre la hojarasca. Con sus grandes ojos africanos le dijo a su hombre que la dejara, que mientras a ella la devoraban los perros, él podía llegar hasta el mar. El hombre tomó otra vez la mano de la mujer y reanudaron juntos la carrera.

Las dos sombras trotaron, luego galoparon mientras oían el camino taimado de los caballos y la siniestra algaraza de los perros.

El hombre negro sonrió cuando fue tocado por la espuma y estalló en una vibrante carcajada cuando descubrió la candela de la barca que los esperaba. Corrieron sobre la playa húmeda, dejaron a un lado el dolor y el calambre y con las bocas abiertas, resecas y anhelantes, con los cuellos tensos, se zambulleron en el aire. De pronto el hombre se paró en seco, miró hacia la barca, y con rostro ensombrecido, dijo:

—¿Y esos latidos?

La mujer tomó al hombre de la mano y reanudando la fuga exclamó:

—¡Son los de mi corazón!

Jairo Aníbal Niño
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 655