Los dos fósforos


Una vez hubo un hombre que viajaba por los bosques de California, en la estación de la sequía, cuando el viento soplaba fuerte. Había cabalgado mucho tiempo y estaba cansado y enojado, y se apeó del caballo para fumar una pipa. Buscó en los bolsillos y vio que sólo tenía dos fósforos. Raspó el primero y éste no se encendió.

“Lindo estado de cosas”, dijo el viajero. “Me muero por fumar y no me queda más que un fósforo, que tampoco podré encender. ¿Habrá en la tierra un ser más desdichado que yo? Sin embargo”, pensó el viajero, “tal vez pueda encender este fósforo y fumar mi pipa y tirar en el pasto la ceniza. El pasto podría encenderse porque está seco come un leño y acabaría por prender fuego a ese roble que está a unos pasos y después a ese pino lleno de musgo que ardería hasta la copa, y la llama, esa larga antorcha, sería blandida por el viento y arrasaría todo el bosque. Oiré el rugir del viento y del fuego y tendré que espolear mi caballo para salvarme de la muerte y el incendio me perseguirá por los montes.

Veré este grato bosque ardiendo día tras día y la hacienda calcinada y los arroyos secos y los granjeros arruinados y los niños sin hogar. ¡Qué terrible destino el de este momento!”.

Raspó el segundo fósforo, que tampoco encendió.

“Loado sea Dios”, dijo el viajero y guardó la pipa en el bolsillo.

Robert Louis Stevenson
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 11

Flor


Cuando el abuelo consideró que nos estábamos haciendo hombres, creyó prudente contarnos la historia de Flor. Entonces ya conocíamos muchas leyendas del pueblo. Allí, por ejemplo, los hombres mandaban en todas las cosas: sus negocios, sus mujeres, y aún, en sus vidas. Uno moría de hembra, algunos ebrios en lance por alguna, y otros se suicidaban por el amor de una ingrata.

Mientras esto sucedía, ellas transcurrían sus vidas criando hijos, tejiendo futuros en las tardes plácidas, y morían de viejas, con los senos fláccidos y el recuerdo borroso del amor. O sea que sobrevivían a sus hombres: padres, esposos e hijos.

Tan sólo —decía el abuelo desde su voz recia y oscura extraída del tiempo— Flor desvió el sino triste de aquellos hombres. Murió joven. La mató su esposo. La asesinó en legítima defensa de su honor cuando los sorprendió en el lecho del adulterio.

Así terminó Flor, la mujer sin padre, quien desde los trece años se vio acosada e idealizada por los varones que la conocieron. Y contaba el abuelo que aquel día, en el momento en que el esposo la encontró, ella estaba desnuda, botada en la cama en su irremediable hermosura, y que mientras el amante se agotaba sobre ella, Flor de Engaño, como empezaron a llamarla días después del funeral, se distraía hurgando con los dedos de sus manos los huecos de la pared.

Ricardo Luna
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 10

Jennie Ostrosky

Jennie Ostrosky

Licenciada en Comunicación y en Dirección teatral, doctora en Teoría literaria por la Universidad Autónoma Metropolitana de México. Ha laborado como guionista, locutora y productora de programas de radio y televisión; impartido clases en la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Iberoamericana y el Tecnológico de Monterrey. Se ha desempeñado como Secretaria Académica del Centro Universitario de Teatro de la UNAM, jefa del Departamento de publicaciones infantiles y juveniles del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y desde el año 2000 es subdirectora de proyectos educativos de Red Escolar. Ha publicado novela, cuento y poesía; artículos sobre literatura, teoría literaria y uso de las TICs en educación básica en diversas revistas nacionales e internacionales[1].