Homenaje a K.

En cuanto los vio, N. se dio cuenta de que venían por él. Aquellas mujeres de rostros familiares y aquellos hombres vestidos de blanco, armados con garrotes.

—No va a dolerte —le dijo uno al tiempo que le atestaba el primer puñetazo, en mitad de la cara.

—Comprende. Son nuestros sentimientos. No es justo que la tengas —susurraron las mujeres, que le mordían los puños atenazados y le tiraban rabiosamente de los brazos, arrodillados sobre él.

Los hombres usaban los garrotes con fuerza y con cuidado, esperando los instantes en que los movimientos de N. y de las mujeres dejaran al descubierto partes sensibles, donde los golpes fueran más dolorosos. A N. le sorprendía que todo ocurriera casi en silencio; que las voces le llegaran con tanta suavidad; que pudiera guardar sus quejas detrás de los dientes trabados. Un garrotazo dado de punta le cerró un ojo. Con el otro veía solamente el piso de tierra donde había caído de costado; las piedrecillas que le rasgaban la piel del rostro, los trocitos de mica deslumbrantes.

Una de las mujeres comenzó a tirarle de los cabellos hacia atrás y otra le clavó una rodilla en el cuello.

—Suéltala —le aconsejó con ternura.

Un puntapié lo dejó ciego. N. sintió uñas, dientes, rodillas, tacones, puños, garrotes, la superficie de la tierra que lo arañaba con ferocidad.

—¿Para qué la quieres? Abre las manos —le dijo una voz acariciante, y N. sintió en seguida el mordisco inclemente, en la oreja.

Hubo que romperle los dedos. N. quiso gritar, pero la boca se le llenó de polvo y el grito que había guardado tanto tiempo se le convirtió en una tos de agonía.

—No la extrañarás —le dijeron mientras iban dejando solo, pero la única herida que en verdad sentía era el hueco que le había quedado en las manos.

—No conviene que la tengas; no te conviene tenerla —rectificó una mujer.

—¿No comprendes? —dijo otra, pero él no pudo verlas porque apenas podía abrir los ojos.

—Es por tu bien, entiéndelo —musitó otra voz, ya de retirada, y después, como una explicación—: Es insoportable, la felicidad.

 
Felipe Garrido
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 40

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Transmutación

Estoy sentada frente al espejo, Zeta así me lo dijo: “Pon una vela enfrente de ti; la mirada fija en un punto, puede ser la nariz, o el centro de los ojos. Si es posible a solas para que nadie te distraiga”.

Sentí miedo; pero ya no, lo difícil es tomar la decisión, y ésta vale la pena. Si lo logro, después lo que yo quiera. Es sólo concentración: la punta de la nariz, la punta de la nariz.
Todo se nubla. Caigo en un pozo. Tengo miedo. Tengo que sobreponerme: la mirada fija en un punto; lo voy a lograr, lo voy a lograr, ¡lo estoy logrando! Ya perdí la mitad de la cara; sólo me faltan los ojos, ¿pero si los dejo de ver, con qué me veo?

Martha Figueroa de Dueñas
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 35