Pigmalíon


En el lecho nupcial, Pigmalión reposa sus excesos. Con hartura de vino y placer, enervado por la felicidad inesperada, duerme un sueño basto: ronca.

Su obra animada lo observa. El solo recuerdo de los toscos abrazos parece magullar aún su carne novicia; el eco de sus frases imperiosas e incoherentes lastima todavía sus oídos; la manera con que se pringó al comer, su aliento áspero y el hedor repelente de sus axilas, hacen que lo siga observando con helada objetividad.
Libre ya de la sorpresa, del inconsciente fingimiento, un codo en la almohada lo estudia detenidamente.

—¿Cómo hacer para que este hombre cambie?

Olga Harmony
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 46

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