Misterio sagrado


Juan Jacobo Bajarlía se remite a los nueve libros de la Sibila de Cumas, la que los ofreció en venta a Taquino el Soberbio en trescientos escudos, cifra que le pareció excesiva. La sibila quemó tres de los libros y pidió a Tarquino por ellos la misma cantidad. Despreciando Tarquino nuevamente la que consideró también extravagante demanda, la Sibila quemó otros tres, insistiendo en que por los tres últimos que quedaban le diese la misma cantidad de dinero, amenazando con arrojarlos al fuego si se le regateaba. Tarquino aceptó al fin, intuyendo algún misterio sagrado, puso en custodia de los patricios, en el Capitolio, los tres libros, que fueron luego consultados por los romanos cuando la República estaba en peligro. Se dice que un incendio destruyó los libros, pero que en verdad uno se salvó: era el último, y abierto por Sila comprobó sólo contenía estas líneas: “La escritura fue inventada para que los hombres perdieran la memoria”.

Juan Jacobo Bajarlía en “Historias de monstruos”
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 57

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Memoria


Cuando alguien muere, sus recuerdos y experiencias son concentrados en una colosal computadora, instalada en un planeta invisible. Allí queda la historia íntima de cada ser humano, para propósitos que no se pueden revelar.

Enfermo de curiosidad, el diablo ronda alrededor de ese planeta.

Edmundo Valadés
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 53

El otro mundo


—Estoy enamorada de mi reflejo —me dijo Alicia—, ¿puedo ir con él?

—¿Te dejará visitarlo? —le pregunté sonriendo.

—Sí.

—Bueno, pues entonces ve.

Sólo comprendí que mi hija no me hablaba del espejo cuando por la noche sacamos su cuerpo de la alberca.

Francisco Guzmán
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 52

Por aquello de las soledades

Los viejos cartabones de siempre. Una mujer, la vida y el gran vacío de las inutilidades. Buscar la libertad, arañarla inclusive en los muros, lamerla en las hojas que caen por otoño de los árboles, engendrarse en aire imaginando espacios y concluir al final de muchos sueños con las manos llenas de arenas de otros ríos.
¿Y lo que va por dentro? Toda la rabia y las lágrimas de domingo, todos los azufres de demonios no resueltos, no mirados, ni siquiera tan esbozados. Y las ganas de querer y el miedo revolviendo todo como en un enorme pastizal al viento; al atreverse, al osar; las yemas de los dedos siempre frías y el calor de los huesos formando caminatas en la mente. ¿Y todo esto por dónde? Por las calles con ruido, por los otros ojos ávidos, por los contactos inacabados, por el yo durmiendo ausencias y soles de otros tiempos.

Y así la soledad, y el miedo gustoso por la casa silenciosa, por la gota de agua que recuerda las mil monotonías; la rutina feroz como un escape que encierra ecos de guitarra en cajas de latón semioxidadas, soledad humeante, personal, inacabada, y el amor por la verde, cobrizazo tal vez por los lentos estares de las esperanzas.
Las sonrisas, como no, iluminando los labios en recuerdo de la siempre-alegría, aquella que ronda los espejos interiores. Y también la sonrisa que vive por las manos y se atreve en el punto exacto de los ojos, la que busca a destajo los signos de ternura para luego morirse entre los llantos.

El esbozo de mujer o de aquella niña que inventó silencios subiendo por la luna creciente, mendigando las horas que realmente se viven y que duermen por ahora tras esos horizontes que suenan al descuido en el tic-tac de los relojes.

Y la mujer con miedo, la que transporta miedo a los cuatro costados de los miedos de otros, no entiende nunca nada; se pone un sombrerito agobiado de flores, mira hacia atrás el alma con demasiada cautela, pone una mordaza de oscuridad al grito y luego en un revuelo de falda semiajada, mientras julio le llueve las ventanas, se reconoce mujer, ausencia, tiempo malogrado, mujer sin oficio, pero mujer a su manera.

Beatriz Sanromán
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 48