Los tres cochinitos y el lobo desalmado

Llega el lobo feroz a la casa de los tres cochinitos. Con engaños logra que le abran la puerta. Los pequeñuelos lo contemplan con los ojos abiertos como platos y… ¡le ponen una chinga feroz entre los tres…!

Cochinita, como toda mamá precavida, los había inscrito en un curso de karate…

María Elena Solórzano
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 87

Tarea agotadora

Anoche, mientras todos dormían hice desaparecer los colores de las cosas. Luego desaparecieron las formas: todo se volvió negro, aunque todavía con algunos destellos. Desaparecieron del mundo las otras personas, sus ideas, sus opiniones, los productos de sus investigaciones, sus deseos más o menos satisfechos, sus animales domésticos. También desaparecieron las plantas, y los insectos, y los animales salvajes y el sol de mediodía en las antípodas. Hice desaparecer los sonidos, desde el llanto del bebé de arriba hasta la sinfonía del Nuevo Mundo, y también el roce de las patas de las hormigas en los armarios de mi cocina. Y el gusto de la sal, y las sensaciones de calor y frío, y las reproducciones de la Gioconda, y los números equivocados, y los laureles que supimos conseguir. Por último, me dormí.

Luisa Axpe
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 83

¡Puff!

El morocho, con fervor mal disimulado, pugna por encontrar, entre sus pobres recursos, una frase mágica para evitar la desaparición de la muchacha rubia y contundente. Sabe que si no la encuentra probará, como última posibilidad, con la remanida y grosera (no se engaña al respecto) “Qué trasero tenés”, seguida de algún adjetivo o sustantivo como: rubia, yegua, guacha; y ahí se acaba su creatividad. Debe, rápidamente, suplir sus carencias; de otro modo el hechizo se romperá y ese minón infernal desaparecerá para toda la eternidad o, en el mejor de los casos, sufrirá una horrible transformación en ama de casa o madre de familia o anciana senil o (lo que él más teme) incansable productora de hombres. Un encantamiento tiene lugar en ese momento y sólo en ese momento. Frente a sus ojos está una muchacha obviamente no de este mundo o, cuando menos, no de su mundo. No se pregunta cómo apareció, pero sabe, está seguro, que sólo la frase mágica podrá retenerla. Tendría que haber leído más y mejor. ¡Maldito fobal! Señorita, por favor… Lo mirará de arriba abajo, encogerá los hombros y puff…, se hará humo, ofendida para colmo.

La muchacha llega a su lado; va a sobrepasarlo. Él abre la boca dispuesto a decir cualquier barbaridad. Ella mira con ojos grises y asoma entre los labios la punta de la lengua y detiene su andar de felino mimoso y sus muslos rozan los pantalones de él y una mano, infinitamente delicada, le roza las partes nobles y una voz, suave y aterciopelada, como la de un ángel, le dice “¿Quieres hacer el amor, morocho?”.

Y es entonces cuando puff…; el morocho se hace humo.

Miguel Becher
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 73

Una historia sin historia

En mi mente surgió la idea, era una historia hermosa y seductora que, sin duda, iba a gustar mucho. Estaba seguro. Tomé la pluma y la sentí cargada de tinta, como si su cuerpecillo cilíndrico estuviese bañado por sangre viva. La puse sobre la cara de papel blanco, más no escribió ni hubo marca ni huella de su acerada punta. La oprimí contra la superficie. ¡Nada! La estrujé para obligarla a vomitar el color azul de su tinta. ¡Nada! La desarmé y palpé su entraña. La sangre que debía correr por su canal venoso estaba seca. La armé con furia y la sentí fría e inerte. ¡Estaba muerta! La puse en un lado del escritorio y la contemplé pasmado y pensativo. Pero… que pena, pues para entonces, mi historia, se me había olvidado.

Max Montero
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 71