Amor post-mortem

“Mandé traer al docto varón y boticario don Pedro del Agua para que vaciara perfectamente las entrañas de mi marido y todos los demás órganos ecepto el corazón, que el propio señor del Agua recomienda conservar dentro del cuerpo; lavóle las cavidades e incisiones con un cocimiento de acíbar, alumbre, alcaparra, ajenjos y lejía, que hirvió según arte, añadiéndole aguardiente de cabeza, vinagre fuerte y sal molida. Bien lavado el cuerpo, lo dejó secar durante ocho horas entre dos fanegas de sal molida. Después lo rellenó muy cumplidamente con polvos de ajenjos, romero, estoraque, benjuí, piedra alumbre, cominos, escordios, mirra, cal viva, treinta manojos del árbol del ciprés y todo el bálsamo negro que cupo en el cuerpo. Rellenas las cavidades, el señor del Agua recogió los bordes de ellas con costura que se llama de pellejero y aguja esquivada y procedió luego a untar el cadáver, menos la cabeza, cara y manos, esparciendo con un hisopo el betún de sustancias derretidas: trementina, pez negra, benjuí, y acacia. Seguidamente fajó toda la parte untada con vendas embebidas en un licor mezclado de reina, estoraque, cera, almáciga y tragacanto. Y el doctor del Agua se fue, afirmando que mi marido se conservaría sin que las ruinas del tiempo le ofendiesen. Así lo hice mío.

Carlos Fuentes en “Terra Nostra”
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 499

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