Juan José Rodríguez

Juan José Rodríguez

Ignacio Trejo dice de Juan José Rodríguez: “es uno de los narradores más poderosos e interesantes de las nuevas generaciones mexicanas”. La generación de Juanjo es, pues, la de los escritores que en estos momentos andan en alrededor de los 30 años de edad. Y, en efecto, como apunta Nacho, es un narrador interesantísimo. ¿Por qué? Porque JJR, como persona -mazatleco de pura cepa, periodista, buen charlista, mejor bebedor y curioso de los bajos fondos de su tierra bañada por el mar, el sol, las mujeres hermosas, la cerveza fría, las mafias del narcotráfico, la violencia portuaria y de las historias que derivan de tales circunstancias- es muy interesante, y así lo demuestran sus conferencias, talleres literarios, noches de parranda o su narrativa, que viene a ser un reflejo exacto de su autor.

Sin embargo, todavía no se responde la pregunta, ¿Por qué JJR, autor de los libros Con sabor a limonero (1988), El náufrago del mar amarillo (1991), El gran invento del siglo XX (1997), Por aquí pasó la reina (1997) y Asesinato en una lavandería china, entre otros, es un narrador sumamente interesante?

Si bien Juan Belmonte, uno de los revolucionarios del toreo en el siglo pasado, acuñó la frase Se torea como se es, tal sentencia se puede aplicar a la literatura: Se escribe como se es. Y si Juanjo es franco, directo, fresco, divertido, memorioso, atento al mundo circundante, conciso, sin mayores pretensiones que decir lo que desea contar y, además, nació con los dones del narrador natural, y a lo largo de sus estudios a perfeccionado dicho tributo heredado de quién sabe dónde, pues su literatura será y es una traducción casi precisa de su persona[1].

 

 

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Castración

El día en que lo iban a emascular, el libro se puso en pie y corrió a ocultarse en los estantes. Tras él, el inquisidor corrió con la tijera en mano. Oculto tras la Iliada el pobre libro lloraba angustiado ante su cruel destino: ya no volvería a ser el mismo. Era un libro al agua. Perdidas aquellas pequeñas partes del contexto, el libro perdería la capacidad de estremecer a sus lectores. Lloró hasta que el verdugo tomó su hombría y fue a mostrársela.

En un frasco de formol, flotaban, libes e inalcanzables, los dos pequeños e insignificantes textículos.

Juan José Rodríguez
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 121

Magister Ludi

—¿Quién dicta la moral, la conducta humana, el bien o el mal? —pregunta la alumna en la clase de ética.

—El hombre establece sus normas, sus propias reglas de convivencia; es un ente social, dependiente de los demás —responde la maestra con habilidad y soltura.

—O quizá Dios, él podría hacerlo —opina un compañero de clase.

—¿Y él, cómo lo hace; jugará a la perfección o simplemente se divierte? O tal vez, a la manera de León Felipe, la partida se la están ganado y el resultado somos nosotros —dice la alumna tomando sus libros y encaminándose hacia la salida del salón.

—La clase ha terminado —murmura la maestra.

Teresa Corona Vázquez
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 120

La sospecha


Un hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo del vecino. Observó la manera de caminar del muchacho —exactamente como un ladrón—. Observó la expresión del joven —idéntica a la de un ladrón—. Observó su forma de hablar —igual a la de un ladrón—. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.

Más tarde el hombre encontró su hacha en un valle y cuando volvió a ver al hijo de su vecino todos los gestos y acciones del muchacho le parecieron muy diferentes de los de un ladrón.

Lie Yukou
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 116