Castración

El día en que lo iban a emascular, el libro se puso en pie y corrió a ocultarse en los estantes. Tras él, el inquisidor corrió con la tijera en mano. Oculto tras la Iliada el pobre libro lloraba angustiado ante su cruel destino: ya no volvería a ser el mismo. Era un libro al agua. Perdidas aquellas pequeñas partes del contexto, el libro perdería la capacidad de estremecer a sus lectores. Lloró hasta que el verdugo tomó su hombría y fue a mostrársela.

En un frasco de formol, flotaban, libes e inalcanzables, los dos pequeños e insignificantes textículos.

Juan José Rodríguez
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 121

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