El diablo suelto


ALESSANDRÍA, Italia, 26 de septiembre. (E.F.E.)— La caza al diablo se ha iniciado en un barrio periférico de Alessandría, después de que Armando Benzi, de 33 años, y su esposa, Susanna de Bernardis, de 42, denunciaron la presencia de satanás en su casa.

El matrimonio, visiblemente alterado, se presentó a un asilo religioso y, después a la policía, para explicar que el “demonio ha entrado a nuestra casa”. Según Susanna de Bernardis, tras tirar al suelo algunos objetos y mover muebles, la “fuerza desconocida” la golpeó en la cara y, además, “abusó de mi”.

La policía, tras escuchar la historia, en la que habría intervenido una religiosa, “para echar al diablo” ha informado del caso a las autoridades eclesiásticas.

1975

Agencia EFE
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 531

La caridad


Nunca la había practicado. Detestaba dejar una moneda en esas manos sucias y aprovechadas que se extienden en los subterráneos. Luchaba por un régimen social en el que la mendicidad no existiera.

Pero allí estaban, cotidianamente, los pordioseros, con su letanía de ballenitas y patas torcidas.

Un día —había bebido dos copas de más— tuvo un impulso inusitado y al pasar junto a una vieja repugnante, sacó un billete de cincuenta pesos y se lo puso en la mano.

—Tenga hermana… —le dijo.

Antes que tuviera tiempo de retirar los dedos, la vieja estiró su garra y lo tomó del brazo.

—¿Por qué me da tanto dinero? —le pregunto—. ¿Qué maldito pecado ha cometido? ¿Pretende conmigo salvar su alma? ¡Nada, nada! ¡Que Dios sea bendito! ¡Tome su plata…!

Y seguía la vieja lanzando improperios.

Él tuvo un momento de lucidez. Retomó sus cincuenta pesos y, agarrando a la vieja de sus trapos, la sacudió como a un muñeco.

—¡Imbécil! ¡Vieja estúpida! ¡Estoy borracho!

Y entonces la vieja, arrugándose como una pasa, hizo la señal de la cruz, recuperó el billete y, desde el suelo, exclamó conmovida:

—¡Ay, perdón! ¡Dios se lo pague…!

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 529

Arquitectura


Discutíamos de arquitectura. Un audaz había puesto por el suelo las últimas construcciones soviéticas; le respondía un estudiante que leía a Le Corbussier. Intervino un tercero y citó el Rickefeller Theater.

Invocamos lo racional. Y alguien nos llamó a sosiego.

Cada uno fue enunciando sus pretensiones: un hall, tres dormitorios, una sala de juego. Dos baños, cocina, antecocina y lavadero. Otro agregó calefacción. Y después, aire acondicionado, la heladera, el jardín, una pileta con trampolín…

Y de pronto nos calló el viejo don Juan:

—La casa que yo les digo… —miró en redondo y reclamó silencio, imperiosamente—: ¡Déjenme hablar!

Era el mayor, el más pobre, el más humilde de la mesa. Y yo grité:

—¡Déjenlo hablar!

Y entonces dijo:

—La casa tiene un portón. Y en el portón un timbre. Suena el timbre. Voz que grita: ¡aquí venimos a comer asado! Pero… ¡no te calientes! Traemos la carne y el vino. ¡Está todo solucionado!

Enrique Wernicke
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 523