La máquina de máquinas


Supongamos que logran crear una máquina indestructible y eterna que pueda crear otras máquinas y éstas, a su vez, otras que sin ayuda exterior resuelvan todas las actividades manuales del hombre y que, incluso, piensen por él (solucionen ecuaciones, construyan cohetes, cocinen, hagan limpieza, realicen obras de arte pictóricas y literarias, filosofen, gobiernen); aún así nada ni nadie podría evitar que la mano que la ponga a funcionar e inicie el proceso sea humana.

René Avilés Fabila
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 545

Inconformidad

Todo comenzó cuando salí del foco que me había servido de hogar. Me di cuenta que el cielo se estaba alejando, y alcancé a escuchar también las maldiciones que la luna le lanzaba al sol. En ese momento, la máquina de producir hombres sólo odio producía. Quise escupir violencia y regresar a mi foco, y pude ver, entonces, a la luna disfrazada de interruptor y cómo privaba de la luz a mi hogar. Me dio pánico meterme en él y me alojé en una pluma. Cuando me hallé a mí mismo en forma de palabras en un libro, rompí a llorar. Mi intenso llanto formó un río que arrastró al libro en su caudalosa corriente.

Tomé entonces una ciudad en mis manos y pude darme cuenta que Beethoven empezaba a perder el oído, y que las teclas del piano que Mozart tocaba, estaban rotas, como las alas de la mariposa que no dejaba de llorar. Pensativo, me quedé sentado en los pétalos de una flor. Inesperadamente pasó junto a mí un jardín. Horrorizado de tanta crueldad, corrí a refugiarme en un cuadro surrealista. Durante un tiempo, en medio del absurdo, pude sentirme bien: la indiferencia del hombre del periódico acentuaba mi tranquilidad. Una manifestación de electrones inconformes con las injusticias de los núcleos, llegó a perturbar la paz del que ya consideraba mi hogar. Con lágrimas en los ojos fui de estrella en estrella, a través del cosmos, meditando, buscando un lugar lejano donde refugiarme.

Roberto Aguilera Salinas
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 543

Carta

Querido L.: tus poemas serán publicados sin dedicatoria. Este cuento no tendrá el nombre del personaje. Nadie sabrá quien sacó tus fotos en Chicago y no nos tendremos hecho ningún daño.

Pero una cosa hay que debe ser dicha: lo que pasó entre nosotros fue muy importante. Hemos de tener cuidado para que no nos olvidemos de eso. No podemos ignorar la existencia uno del otro. Sería bastante inmoral negar la intimidad de lo que pasó entre nosotros. Fue lo más hondo que dos personas pueden compartir. Y compartimos. Compartimos también en la idea de que ese amor era maravillosamente sin compromisos y sin obligaciones. No te olvides y no trates de enseñar a nadie que lo ignoras. No me siento culpable de nada y espero que también estés arrepentido.

He también cambiado de opinión respecto al casamiento. He decidido casarme otra vez tan pronto consiga el divorcio, el mío y el de G. Tú ya lo conoces y sabes que nos merecemos mutuamente. Deséanos pues mucha suerte.

Hasta pronto.

M.

Teresinha Alves Pereira
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 535