La cantante del pueblo


Al pueblo habían llegado voces sórdidas y amaneradas, crooneres de domingo, tenores de sobresaliente papada, vedettes alcohólicas de voces arrastradas. Nadie que pusiera en su puesto la función y sacara de su asiento el auditorio y lo llevara a regiones insospechadas: desmayos, taquicardias, delirios, catarros de ilustre procedencia; sólo voces complacientes, estilistas de la canción, modistas, y truqueros de salón.

Como el pueblo era pequeño todos concurrían al salón, la velada era un pretexto para llegar a la cantina y amanecer borrachos. Era un pueblo de un conformismo insuperable; como se sabe, un día el burro echado en un pajar sopló una caña y se creyó cantante y llegó un día al extremo de cantar en un salón. Qué pueblo señor, sórdido entre los sórdidos…

Pero un domingo todo terminó. Una mujer venida de no sé donde se paró frente a la concurrencia de cerdos, chuchos e iguanodontes y comenzó a cantar, los borrachos continuaban borrachos sin advertir la presencia de la mujercita que seguía cantando sin parar, canción tras canción, como bala tras bala, hasta ganar a fuerza de insistir, atención, reparó en aquella voz que traspasaba la sombra, la misma sordidez.

La mujercita no paró de cantar sino hasta el amanecer, viendo cómo iban cayendo uno a uno los últimos sobrevivientes de aquel pueblo, atravesados por las balas de su voz.

Alfonso Quijada Urías
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 566

La mano de Elena

La aridez del terreno se extiende a mi vista. Los insectos diminutos, conmigo, crean el sonido sordo de la quietud. El sol lanza sus rayos, estrellándolos en el cuerpo de Elena. La luna riñe con la luminosidad: ternura algodonada: circo de luces. Los bosques se fueron debajo de las alfombras de arena. Lasa flores perecieron con la intrigante duda: renacer. Las oscuridades de tonalidades rojas y rosadas, sobre tapetes de lijas duras, dividen la escenografía: elevaciones y depresiones. Los cromos amarillos, en el reloj de arena, proyectan las imágenes perdidas: mi sombra se esconde entre las fotografías de telaraña. Los colores parecen y el terremoto sacude mi cuerpo. Elena levanta la mano: se ha dado cuenta que estoy con ella. Me preparo para escapar. Pero el manotazo me alcanza y caigo al piso hostil, con las alas transparentes destrozadas.

Oscar Francisco Muñoz González
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 563

El nombre

Reina aspiradora de dos vertientes: clara y oscura. Penetró hasta mis entrañas. Cuando la vi, mi cuerpo escamado no soportó la emoción de ver su imagen y disolvió su nombre entre las moléculas del aire. Dio diez mil vueltas por los conductos de mi cerebro, antes de correr entre mis venas. Soporté todo mi gusto. En las noches, cuando su nombre pasaba detrás de mis pupilas —desde los momentos sutiles hasta los más exóticos—, despedía su silueta multicolor con su aureola de humo y tabaco. Fue entonces, que a su nombre lo atacó una tos-ferina catastróficamente convulsiva, quitándome la vida con un tipo arterial.

Oscar Francisco Muñoz González
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 557

El feliz suicidio

Estaba cansado de vivir encerrado en trajes metálicos y de ver tantas cosas nuevas e inventos extraños muy futuros de moda. Entonces se quitó los grandes tubos de hule que iban de la parte superior de la escafandra a los orificios de la nariz. El aire exterior le penetró brusca y directamente a los pulmones. De repente sintió un desvanecimiento; luego cayó, inconsciente, arrojando un humo negro por los demás tubos, por el visor y los poros del traje metálico. En término de diez segundos quedó hecho una chatarra plácida y sonriente.

Pablo Santillán Ledesma
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 555