La cantante del pueblo


Al pueblo habían llegado voces sórdidas y amaneradas, crooneres de domingo, tenores de sobresaliente papada, vedettes alcohólicas de voces arrastradas. Nadie que pusiera en su puesto la función y sacara de su asiento el auditorio y lo llevara a regiones insospechadas: desmayos, taquicardias, delirios, catarros de ilustre procedencia; sólo voces complacientes, estilistas de la canción, modistas, y truqueros de salón.

Como el pueblo era pequeño todos concurrían al salón, la velada era un pretexto para llegar a la cantina y amanecer borrachos. Era un pueblo de un conformismo insuperable; como se sabe, un día el burro echado en un pajar sopló una caña y se creyó cantante y llegó un día al extremo de cantar en un salón. Qué pueblo señor, sórdido entre los sórdidos…

Pero un domingo todo terminó. Una mujer venida de no sé donde se paró frente a la concurrencia de cerdos, chuchos e iguanodontes y comenzó a cantar, los borrachos continuaban borrachos sin advertir la presencia de la mujercita que seguía cantando sin parar, canción tras canción, como bala tras bala, hasta ganar a fuerza de insistir, atención, reparó en aquella voz que traspasaba la sombra, la misma sordidez.

La mujercita no paró de cantar sino hasta el amanecer, viendo cómo iban cayendo uno a uno los últimos sobrevivientes de aquel pueblo, atravesados por las balas de su voz.

Alfonso Quijada Urías
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 566

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