Baltazar Gracián

Baltasar Gracián

Vino al mundo en Belmonte, una localidad muy próxima a Calatayud, el 8 de enero del año 1601. Sus padres fueron Francisco Gracián, médico, y Ángela Morales. En este pueblo pasa su primer año y medio de vida hasta que su padre es trasladado a Ateca. Puede decirse que es educado en todo momento en un ambiente de profunda religiosidad, si tenemos en cuenta que la mayoría de sus hermanos fueron religiosos.

A una edad muy temprana, a los 10 ó 12 años, el joven Baltasar viaja a Toledo donde se cría  y se educa bajo la tutela de su tío Antonio Gracián. Fue en esta ciudad donde debió decidirse su vocación, pues a los 18 años ingresa en la Compañía de Jesús, en el noviciado de Tarragona, donde pasa los dos años del novicio. La formación religiosa que allí obtiene quedará patente para siempre en su personalidad. Tras su estancia en esta ciudad pasa al Colegio de Calatayud (actual centro dela UNED) donde va a cursar dos años de Filosofía. En 1623 comienza sus estudios de Teología en el Colegio de Zaragoza, estudios que finalizarán cuatro años más tarde, tras los cuales es ordenado sacerdote. Vuelve al Colegio de Calatayud como profesor de Gramática Latina. Reside en esta ciudad, a la que ama y siempre recuerda, hasta 1630, fecha en la que se desplaza al Colegio de Valencia y donde realiza su tercera probación. Desde allí marcha a Lérida para ocupar la cátedra de Teología moral durante dos años, tras los cuales se instala en el Colegio de Gandía, donde surgen algunas discrepancias con sus hermanos de religión por diferencias regionalistas.

En 1636 es destinado a Huesca, ciudad de fundamental importancia para su actividad literaria, pues allí conoce a Vicencio Juan de Lastanosa, un noble erudito que encarna los rasgos primordiales del mecenas barroco: hombre de refinada cultura, poseía un palacio conocido en la época por sus preciosos jardines botánicos al cuidado de ocho jardineros franceses, sus innumerables objetos de arte, entre los que se encontraban cuadros de Rubens o miles de monedas antiguas, por su espléndida biblioteca, que contenía infinidad de libros de diversas materias y en los más variados idiomas. En este edificio se celebraban animadas tertulias literarias en donde Gracián tenía la oportunidad de entablar contacto con las personalidades más destacadas del mundo de la cultura de Huesca en la época: don Juan Orencio de Lastanosa, hermano del conocido mecenas, el historiador don Juan Francisco Andrés de Uztarroz… Después de apenas un año de amistad entre Lastanosa y Gracián, se publica El Héroe (1637), firmado por Lorenzo Gracián, nombre de su hermano. Parece ser que con este nombre pretendía despistar a las autoridades de la Compañía, pues no estaba permitido publicar libros sin ser previamente revisados por ella. Puesto que el círculo cultural oscense no era demasiado amplio, no fue ningún secreto la autoría de esta obra y pronto se solicita su traslado, el cual no se lleva a cabo hasta 1639, año en el que viaja a Zaragoza para ser confesor del duque de Nocera, virrey de Aragón, con quien va a tener la oportunidad de visitar la Corte.

Es en 1640, después de sus breves estancias en Madrid y Pamplona, cuando publica El Político Don Fernando el Católico, obra dedicada al duque de Nocera, también sin censura y bajo el nombre, otra vez, de Lorenzo Gracián.

Dos años más tarde publica en Madrid Arte de ingenio, refundido y ampliado seis años más tarde en Huesca con el título Agudeza y arte de ingenio. Su estancia en Madrid es la causa de su pesimismo y su desengaño, tan presentes en sus obras, pues es en la capital española donde percibe las costumbres más viciosas de los hombres y la hipocresía  de la condición humana. En este mismo año de 1642 se halla Gracián como superior del Colegio de Tarragona, cuando se desarrolla la guerra de Cataluña.

En 1644 se dirige a Valencia. Aquí se ocupa de la redacción de una nueva obra, El Discreto, editado en Huesca dos años más tarde por Juan de Nogués. Sigue utilizando el pseudónimo de Lorenzo Gracián. En el mismo año de esta publicación es nombrado capellán del ejército en Lérida, lo que le vuelve a poner en contacto con la guerra de Cataluña. Pero no estará aquí mucho tiempo, pues pronto es destinado a Huesca, donde vuelve a publicar otra obra, su colección de máximas titulada Oráculo manual y arte de prudencia (1647).

Desde la fecha de esta publicación hasta 1651 tenemos pocas noticias de Gracián. Parece ser que anduvo por distintos pueblos aragoneses, probablemente dedicado a la predicación o a la enseñanza en los distintos colegios dela Compañía. En1651 se encuentra en Zaragoza, donde publica la  primera parte de El Criticón. Esta vez el pseudónimo de Gracián es un poco más complejo: mediante un juego fonético de sus dos apellidos el nombre que ahora elige es “García de Marlones”. La segunda parte de esta obra se publica en Huesca en 1653. En esta ocasión vuelve a tomar el nombre de Lorenzo Gracián. Sigue con sus problemas con la Orden debido a sus publicaciones, pues, aunque no aparecen con su nombre real, de sobra es sabido por sus superiores que son obras gracianas.

Pero su enterizo temperamento lo lleva a seguir escribiendo y en 1655 aparece El Comulgatorio, su única obra religiosa, que se publica esta vez ya con su nombre propio. Dos años más tarde culmina su grandiosa obra alegórica, El Criticón, publicando su tercera y última parte. La finalización de esta obra le ocasiona una amonestación pública, consistente en ayuno a pan y agua, el cese de su cátedra de Escritura y su salida de Zaragoza. Poco tiempo después aparece en Tarazona como consultor del colegio y prefecto de espíritu y  en esta ciudad morirá el 6 de diciembre de 1658[1].

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Máscara


“¿Quién conoce el bien?” Después de haber recibido muchas respuestas, una máscara dio ésta: “Quien conozca el mal”

Baltazar Gracián
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII

Pág. 479

Cuento infantil


Había una vez un joven militar que amaba la virtud, aunque ahora parece una increíble verdad. Apenas era entonces humilde capitán de las fuerzas revolucionarias que conmovieron a Europa, partiendo del frente popular que derrumbó la bastilla en el curso de una noche indudablemente memorable. Porque ardió en cada una de las antorchas individuales, una esperanza común, esa que sigue latiendo todavía hasta en las almas apagadas por el desencanto, y que se aloja en un sistema de tres palabras elementales, pero muy difíciles de explicar con acciones: Libertad, igualdad, fraternidad.

El muchacho que todavía se sigue llamando Napoleón, amaba la virtud, como dijo naturalmente Goethe, su tradicional enemigo de sangre y fronteras.

Un día, o una noche igualmente inexplicables para todos nosotros los humildes, los oscuros, que repetimos a duras penas unos versos de Víctor Hugo, y que nos formamos o conformamos al ser los últimos miembros de la humana infantería, Napoleón concibió una idea que ahora nos parece inadmisible, en vista de los malos resultados que han dado para la humanidad: la de asumir el poder. Sí, nada menos, la de ser el jefe y el capitán general de todos nosotros. Y la de convertirse de la noche a la mañana en Emperador de todo el mundo, a partir de un pueblo que dio de sí mismo lo mejor que podía darnos: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, envueltas en la bandera de su entusiasmo y de su sangre, comúnmente derramados, ya fuera en la herida particular de un héroe desconocido, o en la cabeza coronada de los príncipes del mundo, mediante el acto igualitario, fraterno y único que se vive y padece gracias al artificio cortante de la guillotina, que a todos los libera, de una vez y para siempre ya nos llamemos Luis XVI o Robespierre…

Al ver con ojos limpios y ardientes que por todas partes imperaba el desorden. Napoleón creyó ponerse de buena parte y asumió el poder. Para crear el orden… La moraleja sale sobrando.

Juan José Arreola
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 478

El otro sol


Toda la noche la pasó Aquiles Vicario, entredormido, dando vueltas en la amplia cama de jergón abarrotado con plumas de pavo real y mirando por entre los párpados semicerrados el uniforme estrictamente planchado que suspendía del solterón regalo de un artesano.

Pensó en la mano firme que el día anterior había colocado sobre sus hombros el nuevo sol que lo acreditaba ante la historia como el más grande general de todos los tiempos de la patria y, subestimó la grandeza de don Simón Bolivar Palacios.

Muy temprano, sin despedirse de mujer ni de hijos, sin despertar al chofer ni llamar guardaespaldas se fue para la calle y comenzó a marchar camino de la casa de gobierno, con una idea fija: “Golpe de estado”.

Sonreía seguro del futuro.

Caminó unas cuadras y se reconoció a sí mismo marchando en vía contraria a la suya, con una inmensa condecoración y la banda presidencial atravesándole el dorso: se saludaron y marcharon juntos con la cabeza erguida y el pecho saliente. Cuando estuvieron en la solitaria plaza volaron miles de palomas a su paso y volvieron a mirarse. Comenzaron a subir las escalinatas del palacio, marcando el compás hasta la amplia sala, donde un aviso funerario invitaba a sus propias honras fúnebres.

Miró a todos lados y se encontró solo. Empujó la pesada puerta del salón donde acostumbra resumirse el Congreso y vio su cuerpo expuesto en capilla ardiente rodeado por sonrientes representantes del poder civil y una parte del féretro cubierto con la bandera nacional.

Ni una persona lloró su muerte.

Carlos Eduardo Uribe
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 477