Geneología

Yo tuve un abuelo celta y otro romano, casados con cretense y con etrusca. Otro abuelo se hizo matar en Roncesvalles y otro más peleó en las mesnadas del Cid, me tocó verlo muerto y a caballo.

Por lo menos dos abuelos procedían de Jerusalem o de Alejandría y me legaron, junto con algunos más, mi nariz. Una mi abuela fue criada en la corte de Abderramán III, su padre era jardinero y amaba el agua por encima de todas las cosas y también las alcachofas. Como cinco abuelos fueron artesanos y por supuesto comuneros. En cambio mi abuelo francés nunca pudo tomar en serio nada. No más de tres abuelos desembarcaron en la Nueva España y ni tomaron armas, ni vistieron sotana, ni abrieron tienda, pero tampoco se supo de qué vivían. Una abuela se suicidó en España durante “Los desastres de la Guerra”, de Goya.

A ciencia cierta sé que dos abuelos míos, uno en México y otro en España, manejaron con limpieza sus plumas liberales y aunque no la perdieron, se jugaron la piel mientras otro abuelo tenía casas y haciendas y se alumbraba con velas por miedo a la luz eléctrica. A él le debo (gracias, abuelo) la poca libertad universitaria con que cuento.

El último abuelo fue marino, guapo, de mirada profunda. Casó con mi abuela, menuda y nerviosa, a quien reproduzco casi entera,
Como todo buen cristiano, se mezclan en mi sangre los cromosomas de la compasión y la violencia; pero aunque sé ya muchas cosas, de mi herencia no sé nada.

Mireya Cueto
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 513

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