Poco singular


El sueño en sí tuvo poco de singular, desde luego: que le robaban unos prismáticos, el traje de jugar golf y la boquilla de ámbar. Lo que sí ofrece ya cierto interés es que al recorrer la casa, a la mañana siguiente, pudo comprobar con desconsuelo que en efecto se los habían robado

Francisco Tario
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 517

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Gerardo Beltrán

Gerardo Beltrán

Traductor mexicano (Ciudad de México, 1958). Es poeta, traductor y profesor de poesía latinoamericana y de teoría y práctica de la traducción literaria en el Instituto de Estudios Ibéricos e Iberoamericanos de la Universidad de Varsovia. Entre sus traducciones hay poemas de Zbigniew Herbert y Tadeusz Rozewicz (del polaco), de John Burns y Kerry Shawn Keys (del inglés), Johannes Bobrowski (del alemán), de Tomas Venclova, Kornelijus Platelis y otros (del lituano) y de los escritores polacos, ganadores del premio Nobel, Wislawa Szymborska y Czeslaw Milosz. Ha publicado cuatro libros de poesía: Romper los muros (Universidad Nacional Autónoma de México, Unam, 1987), La vida no pasa en vano por Moras (Prisma, 1988), Breve paisaje con sombras (Wydawnictwo Male, 1996) y Con imán de la memoria y otros poemas (Fondo de Cultura Económica, FCE, 2004). Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (México, 1991) y el premio de traducción de la Unión de Escritores Lituanos (Vilnius, 2000)[1].

La cabeza

El otro día, saliendo de la escuela, vi una cabeza rodar por el Paseo de la Reforma hasta detenerse contra un árbol.

Al principio no presté mayor atención. Luego, me di cuenta de que, a medida que giraba, la cabeza iba cambiando de aspecto: a veces era rubia, de cabellos largos y sedosos; otras veces llevaba el pelo negro cortado a la Vogue. También podía ser pelirroja, castaña, de cabello rizado o con calvicie prematura. De vez en cuando usaba sombrero, boina, gorra militar; barba, bigote, patillas. Alguna vez la vi, solemne, portando una peluca del siglo XVII, o quizá se trataba de un yelmo, no lo sé; lo que si puedo decir con certeza es que al golpearse contra el árbol era punk: tenía el pelo pintado de verde y un arete que le unía la oreja izquierda con la nariz.

Creo que también el Paseo de Reforma fue cambiando mientras rodaba la cabeza. Tampoco eso lo podría asegurar, porque cuando todo ese pelo verde se detuvo yo era demasiado viejo como para recordar cada detalle.

Gerardo Beltrán
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 515

¡Que salga el autor!


Estaba por concluir aquel hermoso día de verano. El ocaso empezaba a mover lentamente sus tramoyas en el escenario del horizonte. Se preparaba así el gran espectáculo del crepúsculo. Los tres jesuitas que se paseaban a aquella hora por los espaciosos jardines del convento, se reunieron en el patio mayor, como si hubiera convenido de antemano el encuentro. Y el gran espectáculo dio principio. El ingenuo nácar , el amarillo limón, el azul desvaído, el ocre profundo, el añil severo, el verde tierno, el café rotundo, el marfil puro, el púrpura definitivo y el anadrio violento bailaron su danza de nubes y de ilusiones efímeras. Y se aproximó el final calmo y supremo.

Se adivinaba caer ya un lento telón de terciopelo negro. Los monjes sonrientes batieron palmas incesantes. Uno de ellos, sin poder dominarse, gritó: ¡Que salga el autor! ¡Que salga el autor! Contagiados los otros, insistieron. Y ya en coro pedían a gritos ¡El autor! ¡El autor!… ¡Que salga el autor! Los tres pensaron lo mismo y volvieron a corear: ¡Queremos la presencia del autor!

Varios truenos resonaron en lo alto y se vio una danza de relámpagos, uno de los cuales fulminó a los tres entusiastas jesuitas. Ya en otra dimensión, allá donde todo es armonía, los tres escuchaban la voz de Dios: ¿Queríais estar ante mi presencia, hijos míos…?

Otto Raúl González
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 515