El compatriota


Jadiya es guapa. Tiene, del Magreb, el color de la tierra en verano y el azul de las nubes. La risa de sus ojos cautiva al pájaro insolente. Y en la mirada, un mar de ternura. Sencillo el ademán. Recatada.

Está en París desde hace años, terminando medicina. Sus compatriotas obreros, desterrados por el tiempo: ella los conoce bien. Milita junto a ellos.

El domingo pasado, bajando del Metro, fue abordada por un obrero emigrante que intentaba distraer su soledad.

“Eres guapa, hermana mía”.

Sonríe Jadiya.

“Dime, hermana, eres árabe, ¿verdad?”.

Jadiya asintió con una leve sonrisa.

“Entonces hermana, gacela bajo la luna, vente a tomar un café con tu hermano del Magreb… Es largo el domingo, tan triste… Y además los otros no hablan… ¡Ale! Vente, vamos a hablar de nuestro país…”.

En el alma de Jaliya, se atropellan las palabras y las imágenes: emigración… soledad… nostalgia… culpabilidad… ligar… exilio… melancolía… violencia… racismo común… Charlar. ¿porqué no?

“De acuerdo, gracias por tu invitación”.

En el café intercambian impresiones en torno al trabajo, al exilio, las vacaciones… Después se suceden algunos silencios embarazosos.

El hombre saca del bolsillo un billete de diez francos y se lo mete en el escote a Jadiya. A la sorpresa sucede una carcajada. El hombre, avergonzado, se disculpa. Jadiya lo tranquiliza, le da un beso y se va…

Tahar Ben Yallun
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 524

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