Ángeles infernales


Los jóvenes motociclistas, injertos de las máquinas y fieras, demuestran en la práctica que ningún adelanto tecnológico será capaz de lograr la evolución final del antropoide. Los manubrios de la motocicleta le sirven de rienda en la carrera y de apoyo en sus fatigas existenciales. Dinámicos legionarios del aburrimiento citadino, se deslizan en el asfalto para exhibir sin recato el poderío de sus juventudes breves.

Carlos Valdés
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 735

Flor

Créame teniente…, fue por eso que quise estrangular al sargento.

Flor era hermosa, a pesar de los años y los ojos tristes y esa leve cojera, apenas notoria. Tenía la misma belleza tierna que cuando llegó, hace tiempo, durante ese invierno que nos trajo nieve y el cerro estaba blanco hasta los faldeos y muchos árboles del bosque se quemaron bajo el blancor traicionero.

Ella estaba siempre a mi lado. Nos sentábamos por las tardes a la sombra del sauce, charlando de cosas simples como el color del follaje y su cambio permanente, el aire que se hacía más tibio a medida que se acercaba la primavera, el vuelo ágil de los gorriones construyendo sus nidos, el canto del canario que presentía con certeza la estación de las flores. Entonces nuestros recuerdos corrían paralelos, similares, y ella parecía entender mi vida en el sur como campesino, pegado a los negros terrones, tomándoles cariño… Y después los años en el norte, en las salitreras, donde me endurecí por dentro y por fuera, para terminar aquí, un día cualquiera, jubilado de la acción; pero no de mis viejos sueños.

Flor era capaz de entender mi esperanza depositada los domingos en las patas de los caballos; cuando seguí a Rey de Bastos durante tres temporadas porque Andrés me dijo que alguna vez tenía que ganar; que el caballo prometía, estaba nuevo, recién empezando. Y yo déle jugarle y jugarle, con la ilusión más fuerte después que lo vi un día en los corrales, alto, apuesto, ágil, lleno de nervio… Pero no ganó nunca; apenas dos veces tercero. Se retacaba justo en los últimos metros. Le tomé devoción al pingo; parecía que era yo emprendiendo tanta carrera y quedándome cerca de la meta, sin llegar jamás.

A flor le gustaban los niños, y se alegraba cuando venían a verme, los miraba, sonriendo sus ojos con aprobación, y a veces les hacía cariño tiernamente; menos a Luchín, al que le tomó ojeriza desde que lo vio matar lagartijas en el patio y desprenderles las colas para que se movieran como gusanos sobre las baldosas.

Y ella no me abandonaría nunca. Lo supe luego de aquellas semanas en que pasamos hambre porque no llegaba la plata de la jubilación.
Había huelgas del correo y revoluciones no sé donde, a pesar de que el tiempo estaba tan bonito y en las noches sentíamos bajar la brisa fresquita de la cordillera, o salíamos a mirar el bosque, el cerro, las estrellas, y la luna que tanto excitaba a Flor…

Cruzó anoche el portón, pasadas las doce, pese a que le advertí lo del toque de queda, teniente… Y salí a llamarla para que entrara, pero la patrulla pasó en ese mismo momento disparando a cualquier cosa que se moviera, silencio como cinta de plata luminosa dándole en medio de la frente para dejarle un agujero en forma de estrella…

Por eso quise matarlo, teniente, porque me dijo, muy autoritario el sargento: “Bueno iñor, que tanto alega si es sólo una perra”.

Edmundo Moure Rojas
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 730

La ciencia de los chícharos

MENDEL, con chícharos descubre las ocultas veredas de la herencia. ¡Con chícharos! …El grano de café, la albahaca, la coliflor, el azafrán o el perejil, pueden cubrir el mundo como acero; o conducirnos a elaborar tesis muy semejantes a las de la relatividad: ya una manzana nos instruyó acerca de la gravitación sideral.

Más nosotros atravesamos por entre prodigios que un niño descubrirá mañana. Nosotros, ciegos, caminamos por entre lo nuevo como un buey entre la alta hierba.

Y así ha sido.

Ya el Cro-magnon arrastraba su macana por entre el origen de la radio y de la rueda. Sobre sus velludos muslos golpeaban la montaña, la energía atómica, la Monnalisa, el David, con el roce del aire.
Nosotros, al tomar el teléfono o al encender el auto; al accionar la pala mecánica, los manubrios de la motocicleta, estamos también tocando las leyes de la resurrección, estamos también apretando los orígenes de la inmortalidad, rozando los principios de la divinidad… ¡y no lo conocemos!

—¡Lleve su ramito de perejil! —concluía triunfante, rodeado de una escamosa barda de pescados, un hombre de negros bigotes, en el mercado.

Florentino Chávez
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 720