Flor

Créame teniente…, fue por eso que quise estrangular al sargento.

Flor era hermosa, a pesar de los años y los ojos tristes y esa leve cojera, apenas notoria. Tenía la misma belleza tierna que cuando llegó, hace tiempo, durante ese invierno que nos trajo nieve y el cerro estaba blanco hasta los faldeos y muchos árboles del bosque se quemaron bajo el blancor traicionero.

Ella estaba siempre a mi lado. Nos sentábamos por las tardes a la sombra del sauce, charlando de cosas simples como el color del follaje y su cambio permanente, el aire que se hacía más tibio a medida que se acercaba la primavera, el vuelo ágil de los gorriones construyendo sus nidos, el canto del canario que presentía con certeza la estación de las flores. Entonces nuestros recuerdos corrían paralelos, similares, y ella parecía entender mi vida en el sur como campesino, pegado a los negros terrones, tomándoles cariño… Y después los años en el norte, en las salitreras, donde me endurecí por dentro y por fuera, para terminar aquí, un día cualquiera, jubilado de la acción; pero no de mis viejos sueños.

Flor era capaz de entender mi esperanza depositada los domingos en las patas de los caballos; cuando seguí a Rey de Bastos durante tres temporadas porque Andrés me dijo que alguna vez tenía que ganar; que el caballo prometía, estaba nuevo, recién empezando. Y yo déle jugarle y jugarle, con la ilusión más fuerte después que lo vi un día en los corrales, alto, apuesto, ágil, lleno de nervio… Pero no ganó nunca; apenas dos veces tercero. Se retacaba justo en los últimos metros. Le tomé devoción al pingo; parecía que era yo emprendiendo tanta carrera y quedándome cerca de la meta, sin llegar jamás.

A flor le gustaban los niños, y se alegraba cuando venían a verme, los miraba, sonriendo sus ojos con aprobación, y a veces les hacía cariño tiernamente; menos a Luchín, al que le tomó ojeriza desde que lo vio matar lagartijas en el patio y desprenderles las colas para que se movieran como gusanos sobre las baldosas.

Y ella no me abandonaría nunca. Lo supe luego de aquellas semanas en que pasamos hambre porque no llegaba la plata de la jubilación.
Había huelgas del correo y revoluciones no sé donde, a pesar de que el tiempo estaba tan bonito y en las noches sentíamos bajar la brisa fresquita de la cordillera, o salíamos a mirar el bosque, el cerro, las estrellas, y la luna que tanto excitaba a Flor…

Cruzó anoche el portón, pasadas las doce, pese a que le advertí lo del toque de queda, teniente… Y salí a llamarla para que entrara, pero la patrulla pasó en ese mismo momento disparando a cualquier cosa que se moviera, silencio como cinta de plata luminosa dándole en medio de la frente para dejarle un agujero en forma de estrella…

Por eso quise matarlo, teniente, porque me dijo, muy autoritario el sargento: “Bueno iñor, que tanto alega si es sólo una perra”.

Edmundo Moure Rojas
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 730

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