Un alfarero


El alfarero modelaba el barro.

—¿Qué haces? —le preguntó Dios.

—Un hombre.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando?

—¡Mucho!

—¿Mucho?

—Años —repuso el alfarero.

—Te faltará tiempo.

—Tal vez, y Tú. ¿Qué haces?

—¿Yo?…

Dios no contestó; se puso a trabajar con el alfarero.

Moisés Plata Becerril
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 745

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Rey y reina rituales


En esta habitación vive el Rey. La Reina vive en una habitación vecina, oscura, llena de olores de resinas. El Rey sale únicamente de día, la Reina sale de noche, a la siniestra luz de la luna, y no se ven nunca. La Reina lleva un velo sobre el rostro de plata. El Rey, en la habitación vecina, la ama febrilmente.

Pero los separa un tabique, y no se ven nunca.

Ricardo Lindo
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 742

La vampira


YACARTA, Mar. 18, (AFP).- Una bella indonesia de 25 años que practicaba el vampirismo especialmente sobre sus esposos, enviudó ya cinco veces, se supo hoy aquí.

La vampiresa que vive en un pueblo al sur de Sumatra, se había casado cinco veces y todos sus maridos murieron luego de un mes de matrimonio víctimas de una “misteriosa anemia”.

Los padres de la joven y múltiple viuda consultaron al curandero local que terminó diagnosticando que la mujer estaba habitada por un “Nagasjatingaron”, especie de vampiro que chupaba la sangre de los desgraciados esposos.

Agencia France Press
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 741

Misa y vals


Tomás, el mejor amigo de Franz, había muerto muy joven. Varios años después, invitaron a Franz a una misa en su memoria. Franz no era religioso de esa manera, pero tales ritos solían dar una tregua a su rutina.

Sin embargo, por esta vez quedó al margen de la misa. El recuerdo de Tomás se negaba a hacerse presente. Franz sólo podía ver y analizar los vulgares frescos de la iglesia, las mecánicas actitudes de las beatas. Todo fue un leve ejercicio de voluntad, un deseo de exhibir su presencia en la misa por el amigo. Cuándo terminaría. Terminó.

Franz salió a la calle, remordido por su real ausencia de la ceremonia, por la renuncia de su sentimiento al recuerdo de Tomás. Por su absurda impaciencia en volver a la rutina que había abandonado durante media hora.

Iba canturreando una melodía, un viejo vals dulzón. Llegó a la esquina, subió al trolebús apagando el cigarrillo junto con los últimos compases de la pegadiza melodía. El trolebús arrancó potentemente. Franz se sintió aliviado, dichoso.

Nunca más volvió a recordar esa melodía. Nunca llegó a darse cuenta que era ella la que había extinguido sus remordimientos. El vals favorito de su amigo muerto.

César Fernández Moreno
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 739