Misa y vals


Tomás, el mejor amigo de Franz, había muerto muy joven. Varios años después, invitaron a Franz a una misa en su memoria. Franz no era religioso de esa manera, pero tales ritos solían dar una tregua a su rutina.

Sin embargo, por esta vez quedó al margen de la misa. El recuerdo de Tomás se negaba a hacerse presente. Franz sólo podía ver y analizar los vulgares frescos de la iglesia, las mecánicas actitudes de las beatas. Todo fue un leve ejercicio de voluntad, un deseo de exhibir su presencia en la misa por el amigo. Cuándo terminaría. Terminó.

Franz salió a la calle, remordido por su real ausencia de la ceremonia, por la renuncia de su sentimiento al recuerdo de Tomás. Por su absurda impaciencia en volver a la rutina que había abandonado durante media hora.

Iba canturreando una melodía, un viejo vals dulzón. Llegó a la esquina, subió al trolebús apagando el cigarrillo junto con los últimos compases de la pegadiza melodía. El trolebús arrancó potentemente. Franz se sintió aliviado, dichoso.

Nunca más volvió a recordar esa melodía. Nunca llegó a darse cuenta que era ella la que había extinguido sus remordimientos. El vals favorito de su amigo muerto.

César Fernández Moreno
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 739

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