Se vende texto

Provengo de una familia donde la figura paterna fue lo de menos. Sobre todo porque las variadas representaciones maternas no dejaron tiempo a identificaciones viriles. Mamá se convirtió en un vocablo lleno de significaciones contrastantes: madre-abuela, madre-hermana, madre-tía, madre-vecina; madre-autoritaria, madre-demasiado-generosa, madre-indiferente, madre-culpable-sumamente-amante, madre-etc.

Mi vida comenzó, pues, unilateralmente desde las primeras representaciones orales de todo infante. Mamá Papá no perdieron sonoridad; mientras uno de apagaba, la otra ensordecía.

Así transcurrió mi infancia, y ya casi para terminar acontecía el primer cisma familiar —al menos el primero desde que llegué yo. Era una mañana soleada a la manera de todos aquellos mis primeros recuerdos y nos disponíamos para la matutina visita a los “Grandfathers”. Yo iba en el asiento de atrás de de la vieja carcacha negra de mi padrino suplente cuando, de pronto, ¡cuás! se rompe el silencio: ¡Quiero un papá! ¡Quiero a mi papá! Papá llenaba mi boca, mamá-madrina lloraba y mamá-todas-al-instante convocaba una junta cumbre donde, por la precipitación de los acontecimientos narrados e imprevisto, la estupefacción venció a la democracia.

Papá-corpóreo moría por esos días. Su entierro estuvo solemnemente fúnebre; esperé hasta que las últimas lágrimas se secaban en su tumba y que las huellas del cortejo se esparcieran sobre las tibias hojas secas del camposanto para acercarme, por primera y única vez, a aquel inexorable desvanecimiento. Con un puñado de tierra húmeda y sincera sepulté la desesperación de mis madres…

Forzoso es decir que, ya de regreso, me guardé el esfuerzo como quien espera, sabiamente, la consumación de su sino: los cuerpos duros son ahora aquella tierra petrificada, un requisito del acostón, una vana tregua del destino.

Jesús Antonio Peñúñuri Armenta
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 749

A él

Por la puerta de actores salió huyendo desesperado y poco a poco se desvaneció en la niebla. Lo habían traicionado. Un público abarrotante boleto en mano, exigía verlo, escudriñarlo, a él, al Fantasma de la Opera.

Hilda Plata
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 747

Diluvio

Era domingo, Adán saltó de la cama y frente a la terraza que miraba a la bahía aspiró el aire y llevándose los puños al pecho festejó la brillantez del sol y el magnífico día que tendría pescando. A Eva en cambio le encantaba pensar en la intimidad bajo la lluvia.

Cuando Adán se disponía a salir, en mangas de camisa y caña de pescar al hombro, Eva le pidió que le llevara con él, ya que la radio había pronosticado cambios de temperatura y chubascos. Él, volviendo la cara al cielo exclamó:

—Imposible, está muy despejado—, y se fue.

Iba silbando hacia el malecón y notó que de todos los rumbos de la ciudad llegaban toda clase de parejas de animales a una fila que se dirigía a la playa. Los machos orgullosos mostraban su plumaje o pelaje en contraste con las hembras.

En casa Eva oía las noticias, alertaban a la población sobre lluvias torrenciales. Afuera el cielo empezaba a ennegrecer bordándose con relámpagos. Y ella se dijo:

—Si al menos se hubiera llevado el impermeable…

Adán en el embarcadero elevó la mano al cielo y recibió gruesas gotas de lluvia, mientras bajo su mirada un hombre barbado cerraba la puerta de una enorme embarcación de madera después de dar paso a la última pareja. Y Adán murmuró:

—Ojalá hubiera traído a mi mujer…

Tina Okie
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 745

Malebolge

“Hay un lugar en el infierno llamado
Malebolge, construido de piedra y de color
ferruginoso, como la cerca que lo rodea”.
(D. Alighieri, “El infierno”; canto XVIII).

¿Malebolge? El recuerdo del magistral pasaje dantesco lo asaltó, irrefrenable, desde el primer momento. La penumbra que se formaba por la huida del sol provocaba que la gran cerca, oxidada e insalvable, a la que se dirigían, adquiriera proporciones ciclópeas. Tenía poco rato sin la capucha que cubría por completo su cabeza; eso había sido suficiente para que se diera cuenta de que la carretera, a no ser por la camioneta en que lo llevaban, aparecía desierta; como si, por dirigirse a un único y sombrío lugar, tan sólo fuera utilizada ocasionalmente.

Al cruzar la extremadamente vigilada puerta de la cerca distinguió, de manera un tanto vaga, la enorme mole oscura que se levantaba al centro del extremo llano rodeado por la cerca. La camioneta siguió por el angosto camino asfaltado que conducía en línea recta hacia el oscuro grupo de edificios.

Forzando su vista pudo distinguir borrosas figuras humanas —¿almas quizás?— vagando por el llano; algunas vestían sucias batas blancas y otras, la mayoría, iban desnudas. Todas vagaban sin rumbo. Uno de los tipos brutales que iba en el asiento delantero dijo con voz sucia y con una mueca sarcástica: “los evadidos se pasean”. Llegaron.

Vaya que es difícil pensar y recordar en medio de tanto dolor y de tanto miedo. Los demonios con apariencia de médicos y de enfermeros no lo dejaban en paz: le inyectaban fuego, lo sumergían en tanques de agua helada y sucia, le aplicaban terribles shocks eléctricos, lo golpeaban hasta hacerlo perder el sentido. Ahora difícilmente recordaba su cátedra de Literatura en la Universidad, sus conferencias, su activa militancia en el PC, a Inés, a ese estudiante abrumadoramente rico y abrumadoramente estúpido al que no tuvo más remedio que reprobar, pese a sus amenazas. Ahora lo único que llegaba con claridad a su mente era una estremecedora confirmación: el horror y dolor infinitos existen, existe el Infierno… Malebolge existe.

Alejandro Valenzuela Escartín
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 743