El “caribú”

Lo apodaban “El caribú de la colonia Roma”. Él llevaba, pacientemente y con indiferencia, el astado mote sobre su cabeza. Su esposa, era complaciente y muy hermosa.

Rafael Cordero Aurrecoechea
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 756

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Dos cuentos en uno

Solía contar mi abuela que, en una casa hecha de nubes, vivía un hombre que tenía una esposa maravillosa que se adelantaba a sus deseos y adivinaba sus sueños; que bordaba las iniciales de ambos en sábanas de seda y, por las noches, lo envolvía con su larga cabellera; que le dejaba mensajes de amor en los más sorprendentes lugares y entendía su modo de mirar a las estrellas. Era su mujer, en fin, tan ideal y perfecta, que un día él se sintió exhausto y, aprovechando un momento en que algunas de las nubes de que estaba hecha su casa se precipitaban en forma de lluvia, se cambió de cuento y se fue a vivir con una joven que no era ni muy bonita, ni muy fea; ni muy cariñosa, ni muy enojona; ni muy apasionada, ni muy seria pero que, eso sí, era muy de carne y muy de hueso y a su lado permaneció hasta su muerte… añorando, de vez en vez, a su etérea amada de la casa nubosa

Ana María Carrillo Farga
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 755

Casi el amor

Se vuelve lentamente hacia mí y me dice que nuestra relación debe terminar. Así, de repente, sin más. Hoy es día de los novios. Con razón casi ni miró la pulsera de plata que, con su nombre grabado y todo, le entregué hace rato. Seguro que en su mente no cabía otra cosa en este momento. Estaría almacenando las palabras desde hace días y calculando cómo, cuándo, dónde. Y hoy, día de los novios, no se aguanta más y me suelta el rollo de prisa. Nada de que “no se cómo decírtelo”, que “no quiero lastimarte”. Nada. Ella de pronto ¡zas!: “debemos terminar”. A mí se me atoran las burbujas de la cocacola y la miro largamente. No digo nada. Estoy seguro de que ella quisiera que, desesperado, le suplicara que no me dejara. Pero no lo voy a hacer.

Este es el escenario más estúpido para el rompimiento de una relación con dos años y medo de duración. Francamente, estas cafeterías “fast service” son lo más anti todo del mundo. Y no sé qué me está molestando más; si el trajinar incesante de las meseras hormigas, la coca cola que me estoy tomando y que no tiene chiste alguno o la cara que se le ha puesto a Marta después de anunciarme “debemos terminar”. La coca cola, y sobre todo el coraje, han empezado a cosquillearme por todo el cuerpo. Y de pronto me encuentro llorando. Ella levanta la vista que hasta ese momento la tenía puesta, por fin, en la maldita pulsera de plata y, siguiendo paso a paso su telenovela de las cinco y media, me coloca una mano sobre las mías. Me dice, imitando a la perfección a Silvia Derbez, que la perdone pero es necesario y bla bla. A mí me están dando vergüenza las lágrimas, palabra. “La vida es así”, dice, y como ve que no respondo, sigue filosofando bajo los cánones de Ernesto Alonso, inundando sus ojos con la lástima de quien se sabe bien amado. En este instante soy una pobre víctima idiotizada por el golpe de perderla y por eso ella debe explicarme los pormenores de la vida en el más puro estilo del Reader´s Digest. Me está simplificando a nivel de párvulos lo que es el destino. Me enseña, con una claridad de mente sólo vista en las actuaciones de Jaqueline Andere, la ventaja de ser sinceros. Doy otro sorbo a la cocacola y ya de plano no la escucho.

Después de tres cuartos de hora en que ella ha buscado la justificación eterna a su cochinada de hoy y después de que afortunadamente ha decidido soltar mis manos martirizadas por el sudor de ambos, cojo la nota que corresponde a mji refresco (definitivamente es lo único bueno de estas pinches cafeterías) y, emulando al buenazo de Enrique Lizalde, la sentencio: “no volverás a verme”. Le quito de su muñeca la pulsera de plata, me acerco a la caja, pago y salgo a la calle a ahogarme en otra realidad. Y entonces, por fin, cambio de canal.

Marielena Noriega
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 752

Una mirada

¡Qué maravilla!, ¡Qué extraordinaria obra de arte!, ¡Qué fantástico crucifijo!, ¡Qué expresión del Jesús Crucificado! No era la mirada mansa, de ojos entrecerrados que estamos acostumbrados a ver en el semblante de un moribundo, no, en este caso no. Eran unos expresivos ojos llenos de admiración e incredulidad, casi desorbitados, como revelando la pregunta que debe haberse estado haciendo: ¿Será posible que esto hagan los hombres conmigo?, ¿también aquí en este momento?, y ¡conmigo! Quién sabe.

Era un precioso crucifijo. El Cristo de marfil clavado sobre una simple cruz de oro, sin piedra, joya ni adorno alguno. Pero ¡qué expresión de aquellos ojos…! Dentro de su pequeñez destacaban y se hacían notar. Como si un imaginario y oportuno reportero gráfico hubiere captado la expresión de su semblante momentos antes de las famosas “siete palabras”, antes de exhalar el último suspiro o hálito de vida, así era su expresión. El artista que realizó semejante maravilla, debe haberse inspirado en esa imaginaria fotografía para realizar su obra.

Provocaba la admiración de cuantos la veían. A mí, me subyugó desde luego, y aunque me daba pena que observaran la insistencia o tenacidad de mi mirada admirativa, extasiada, casi no podía apartar mis ojos de semejante portento; más aún, porque avasallado, sobrecogido de admiración, creí, bueno, no creí, sino que vi, sí, vi con mis propios ojos, voltear a uno y otro lado aquel semblante marfileño, como incrédulo de lo que sus ojos veían.

A mi vez, también incrédulo, no apartaba la vista de semejante espectáculo. ¿Volteaba el Cristo?, ¿sería posible?, ¡si era de marfil…! ¿cómo podría ser cierto eso?, ¿no sería una alucinación mía por la embriaguez de mi admiración?. O ¿no sería un especial milagro dedicado a mi incredulidad…? Porque yo lo vi voltear, admirado, incrédulo, a uno y otro lado, como buscando a sus compañeros de calvario, pero en lugar de ver al resignado Dimas, o al rejego Géstas, se encontró con los opulentos, jocundos, aterciopelados, suaves y perfumados senos de elegante dama que exhibía en su exuberante pecho aquel crucifijo al centro de hermoso y atrevido escote.

Gilberto Aboites Flores
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 750