La esprumesa


En aquel espejo había una esprumesa. Ya lo dice el Diccionario de animales, de François René Titú: “Animal que raramente se ve por estas latitudes. Huye del agua y del fuego, le molesta la luz, tiene los ojos redondos. Mamífero de tres patas. Se toca con una especie de sombrero que a veces le da la apariencia de que lo puede tomar entre sus manos. Es extraordinariamente inteligente y si en alguna ocasión alguien le descubre encima de un espejo, debe prevenirse porque tendrá que hacer frente a un acontecimiento extraordinario.

Aunque nunca había visto el animal, ni foto o grabado que le representara, puedo asegurar que es, efectivamente, una esprumesa, y que contra lo que se pueda temer, resulta un animal simpático sobre el que da gusto cabalgar mecido en sus rítmicos saltos de canguro.

Antonio Fernández Molina
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 788

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Fantasmas


Este es el texto de un cable de prensa enviado desde Inglaterra hace ya varios años:

El especialista de los espectros, con una rica experiencia de 25 años en Gran Bretaña, donde pasó numerosas noches en vela algunas de las cuales fueron muy agitadas, afirmó enfáticamente creer en los fantasmas.

“He visto muchos y no dudo de su existencia, pero no me pidan que revele su naturaleza porque no hay explicación”, dijo.

“Existen fantasmas simpáticos y malos, tímidos y vindicativos, alegres bromistas o tristes caballeros”, añadió.

Ronald Hearn, recomendó sobre todo, dejar de lado todo miedo a los aficionados a encuentros insólitos, porque la mayoría de los fantasmas, subrayó, son inofensivos.

“Generalmente, prosiguió, pasan sin hacer el menor daño y raramente son visibles más de media hora”.

“Cuando no podáis desprenderos de un fantasma que se haya instalado en vuestra casa, lo mejor es acostumbrarse a vivir en su compañía. Haced de él un miembro ocasional de vuestra familia”, concluyó Ronald Hearn.

Anónimo
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 786

Papalotl

Te dije que la mataras; si no, me va andar persiguiendo. Te dije que no me gusta. Te dije que clavándole un alfiler la pegaras a la pared, para que ya no se mueva y mi espíritu se quede aquí y no me lo robe.

Te dije que con un palo y el alfiler en la punta; pero tú quisiste a escobazos y se te vino encima con harto coraje, y te saltó el polvo de sus alas a la cara, y te quemó los ojos, y por un rato no podías ver, y tú te enojaste mucho y le pegabas a ciegas y no te dabas cuenta que la tenías como un prendedor sobre tu rebozo, pero como seguías enmuinada, no hacías caso de lo que yo te decía —que si no la matabas me iba a robar mi espíritu, porque estuvo sobre mi cama…

Te dije: Clávale el alfiler, pero como tú no me oías y me iba a robar mi espíritu, yo se lo tuve que clavar; y caíste al piso viéndome muy asustada. Ahora tengo que tenerte aquí, en esta cajita de cristal para poder cuidar que no te quites el prendedor, pues si vuelve a volar va a venir por mi espíritu.

Martha Figueroa de Dueñas
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 785