Papalotl

Te dije que la mataras; si no, me va andar persiguiendo. Te dije que no me gusta. Te dije que clavándole un alfiler la pegaras a la pared, para que ya no se mueva y mi espíritu se quede aquí y no me lo robe.

Te dije que con un palo y el alfiler en la punta; pero tú quisiste a escobazos y se te vino encima con harto coraje, y te saltó el polvo de sus alas a la cara, y te quemó los ojos, y por un rato no podías ver, y tú te enojaste mucho y le pegabas a ciegas y no te dabas cuenta que la tenías como un prendedor sobre tu rebozo, pero como seguías enmuinada, no hacías caso de lo que yo te decía —que si no la matabas me iba a robar mi espíritu, porque estuvo sobre mi cama…

Te dije: Clávale el alfiler, pero como tú no me oías y me iba a robar mi espíritu, yo se lo tuve que clavar; y caíste al piso viéndome muy asustada. Ahora tengo que tenerte aquí, en esta cajita de cristal para poder cuidar que no te quites el prendedor, pues si vuelve a volar va a venir por mi espíritu.

Martha Figueroa de Dueñas
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 785

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