Marx y Engels


La señora posiblemente acababa de salir de la peluquería; uno nunca sabe con ella. Aunque bien mirada parecía que no había estado nunca en una peluquería. Si se la conocía, se veía que siempre parecía que no acababa de salir de la peluquería. Aún cuando acabara de salir. O de entrar.

La señora tal vez acababa de salir de la peluquería. Nunca se supo. Lo único que se sabe es que miró al escritor y al poeta y con el mismo gesto de ensartarse una mecha rubia a su cabeza para decirles histórica con una entonación inocente pero culpable y tal vez todavía inocente, en falsete:

—¡Lo que es la ignorancia! Hasta hace muy poco yo creía que Marx y Engels eran una sola persona. Ustedes saben, como Ortega y Gasset.

Guillermo Cabrera Infante
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 794

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El otro


Durante todo aquel verano venía sintiendo extrañas sensaciones. Aunque no la viera por ningún lado, a veces se encontraba como ante una empalizada. Otras le parecía tener los dedos metidos dentro de un guante, que estaba a punto de terminar de leer El Corán y cosas por el estilo.

Arrastró la confusa sensación de su conciencia durante las largas vacaciones. Cuando llegó el momento de volver se dispuso a recoger el equipaje. Entonces se sintió presa de la mayor incertidumbre. Eran dos las maletas que se disponía a preparar cuando siempre se había arreglado muy holgadamente con una.

Pero sucedía que el interior de su cuerpo también estaba ocupado por otro personaje, a quien en adelante habría de tener en cuenta.

Antonio Fernández Molina
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 793

El atardecer y la muerte

De tiempo acá el joven esperaba con cierta ansia o impaciencia al atardecer, la soleada tarde, el triste ocaso. Apenas el sol pretendía ocultarse cuando el joven ya lo perseguía; y así para cuando el sol empezaba a recortarse en el confín o en el sinfín del mundo, el joven casi lo alcanzaba, y así de tarde en tarde. En la noche, de regreso, feliz, la esperanza estaba puesta en la siguiente tarde. Entonces, no siempre, algún viejo se cruzaba en su camino en aquellos vastos campos.

El joven creía perseguir al sol y a la inefable belleza de su ocaso; se decía a sí mismo que su alma o su corazón de poeta necesitaba ese alimento. En realidad, no amaba tanto al sol ni a la innegable belleza de su puesta, sino que amaba el alegórico sentimiento de muerte que el atardecer le producía. Amaba la muerte, y lo que estaba buscando y persiguiendo cada tarde era la muerte, sin saberlo él, clara o conscientemente. Lo supo, lo que se llama saberlo, hasta que la encontró aquella noche, hasta que la vio y la contempló horrenda, tal cual era.

Todo sucedió en la negra noche más negra que las otras cuando vino el viejo y le dijo que él era la muerte, que al fin la había encontrado. Le dijo que había descubierto el secreto en sus ojos, en esos ojos verdes y cafés que Dios le había otorgado; le dijo que no se extrañara de su aspecto, mundanal, y simple, pues la muerte, a despecho de lo que creen los más de los humanos, no es un personaje, es más bien un mensaje, el único mensaje que dios concede a los humanos. Y Dios dispone, concluyó sin apearse del caballo, que hoy te encuentres con la muerte. El joven vio brillar bajo la cintura del viejo un hermoso alfanje y, atemorizado, retrocedió por un momento; más acicateado por su orgullo de joven, tal vez también por su necedad de joven, se adelantó y dijo:

—No me asustas: no he creído una palabra de cuanto has dicho.

El viejo sonrió con amargura, también con burla.

—¿No me has creído, eh?

Un alfanje brilló en la noche y un caballo se desangró en el acto. “Es una ofensa a Dios, una impiedad, buscar la muerte con la disposición con que tú lo has hecho”, dijo mientras daba media vuelta y se alejaba.

Yo, con el susto metido muy dentro de la carne, todavía lo vi hundirse en la negrura de la noche hasta que las sombras se lo devoraron.

Vicente Muñoz Aguilar
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 791

Desde aquel verano


El verano se había prolongado de un modo excepcional. Resultaban paradójicos aquellos días de calor inconsecuente que transmitían un cansancio y un desaliento continuos. Pero el verano terminó de un día para otro y el cambio fue radical. El cielo se volvió gris, la temperatura ínfima, la vegetación melancólica. Y comenzó la caída de la hoja. Descendían pausadas, pero ininterrumpidamente. El suelo ofrecía una mullida alfombra a sus pies. Llegó un momento en que los árboles aparecieron desnudos. Poco después, comenzaron a caer pequeños trozos de ramas. La cosa continuó. Los troncos llegaron a quedar pelados. Siguieron desprendiéndose pedazos de los trancos hasta desaparecer los árboles. Tras ello, se inició la caída de los pararrayos y de las veletas. Cayeron las tejas y, poco a poco, se fueron desmoronando los edificios. No queda nada en pie. Hace tiempo que no he visto a ninguna persona. No distingo el día de la noche. Me alimento con el polvo que recojo del suelo. Siento una curiosa sensación en la espalda. A veces me parece haberme transformado en un ser distinto del hombre.

Antonio Fernández Molina
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 790