Desde aquel verano


El verano se había prolongado de un modo excepcional. Resultaban paradójicos aquellos días de calor inconsecuente que transmitían un cansancio y un desaliento continuos. Pero el verano terminó de un día para otro y el cambio fue radical. El cielo se volvió gris, la temperatura ínfima, la vegetación melancólica. Y comenzó la caída de la hoja. Descendían pausadas, pero ininterrumpidamente. El suelo ofrecía una mullida alfombra a sus pies. Llegó un momento en que los árboles aparecieron desnudos. Poco después, comenzaron a caer pequeños trozos de ramas. La cosa continuó. Los troncos llegaron a quedar pelados. Siguieron desprendiéndose pedazos de los trancos hasta desaparecer los árboles. Tras ello, se inició la caída de los pararrayos y de las veletas. Cayeron las tejas y, poco a poco, se fueron desmoronando los edificios. No queda nada en pie. Hace tiempo que no he visto a ninguna persona. No distingo el día de la noche. Me alimento con el polvo que recojo del suelo. Siento una curiosa sensación en la espalda. A veces me parece haberme transformado en un ser distinto del hombre.

Antonio Fernández Molina
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 790

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