Nociones de Ataudología

Ayer fuimos a conocer los ataúdes. Los había grandes, pequeños, anchos, angostos, en tonos claros y oscuros, pero todos recordaban Ayer fuimos a conocer los ataúdes. Los había grandes, pequeños, anchos, angostos, en tonos claros y oscuros, pero todos recordaban la sociedad inglesa de los cuentos de Dickens.

Cuando descubriste que tu blusa era del mismo color morado que el forro de una de las cajas, te sentiste tan incómoda como si al lado de un enfermo, hubieras empezado a sentir los síntomas de su misma enfermedad. Por eso no insistí en que los probáramos y por temor a que, como en una pesadilla, nos cerraran las tapas y nos enterraran sin que alcanzáramos siquiera a despedirnos de los mejores amigos. Ayer fuimos a conocer los ataúdes porque no queremos sentirnos extraños cuando desaparezcan el canto de los pájaros y las llamadas por teléfono.

Gustavo Wilches Chaux
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 803

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Miguel Ángel y su Moisés

Una vez terminada la colosal escultura que representa a Moisés, el genial escultor, arrobado ante la perfección de su obra, golpeó con su martillo uno de los pies de la majestuosa figura, a la vez que le decía: “Y ahora, habla”
Las buenas costumbres, la educación refinada y el respeto al venerable artista, no han querido imaginar jamás, lo que la estatua (si hubiera tenido el don de la voz) hubiera contestado a su creador.

Rafael Cordero Aurrecoechea
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 800

Inferioridad

 


Ella me dio un ramo de flores, me puso una chaqueta roja y me subió sobre sus hombros. A la gente le decía: “Como es un enano tengo que llevarlo así, tiene complejo de inferioridad”. Y la gente se reía.

Arrabal
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 798

Arrabal
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 692

¡No volaron!

La abuelita explicó a sus nietos que el Creador, el formar el mundo, hacía figuritas de barro y luego les daba vida mediante el soplo divino.

Cuando les tocó el turno a los patos, las figuras de barro amarillo fueron sopladas y lanzadas al viento, donde volaron.

Por esos días en que la abuelita instruía a sus nietos, una pata de la casa empolló varios huevos.

Los pequeños, que apenas balbuceaban sus primeras palabras, cogieron a los patitos, los soplaron… y los lanzaron al aire.

La criada enterró a la nidada.

Los niños, asombrados, sin saber qué había pasado, sólo decían… ¡No volaron!

Guillermo Flores Bastida
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 795