El hilo negro o: ¿quién teme a sí mismo?

A pesar de los espectros cotidianos, o tal vez gracias a ellos, era feliz. O por lo menos se lo sentía. Pero un día empezó a dudar. Una vez a la semana se reunía con sus vecinas a tomar café y a charlar un poco de todo. Juanita practicaba yoga, es maravilloso, te libera de tus tensiones. Mary trabajaba como decoradora, sabes, la independencia económica te da mucha seguridad, te pone en un plano de igualdad con tu marido. Betty era arqueóloga, el estudio te enriquece, te abre caminos, te ayuda a encontrarte. Chela era mujer de hogar, tejía y cosía toda clase de prendas para su marido e hijos, ahorra uno tanto y además se entretiene mucho. Beba se dedicaba a las obras benéficas, es uno tan egoísta, un cachito de tu tiempo que le dediques a esa pobre gente. Teresita aprovechaba las clases que dan en el Seguro Social y estudiaba primeros auxilios (nunca sabe uno cuándo se le puede ofrecer) y cómo hacer flores de migajón (se ven tan lindas y son tan caras) y ella sonreía amistosamente anonadada ante tanta actividad, seguía fumando y esparcía comentarios amables e intrascendentes a su alrededor. Esa noche no le quedó otra que iniciar un diálogo con ella misma: “Y tu te sientes muy salsa, ¿verdad? Pero en resumidas cuentas ¿Qué haces? Nada. Nada creativo. Te la pasas recogiendo cosas, comprando cosas, poniendo cosas en orden. No estudias, no ganas dinero, no sabes coser, tejer, hacer pasteles, no haces gimnasia (que buena falta te hace), eres, aunque no te guste reconocerlo, un parásito, qué Womens’ Lib ni que ocho cuartos”. Se respondió a sí misma con un profundo y elocuente silencio. Realista, trató de hacer planes para dedicarse a algo productivo pero todos los caminos la llevaban al mismo punto: no sabía hacer nada, nada le interesaba en concreto, no podía desempeñar ningún trabajo que compensara en pesos y centavos dejar su casa y su hijo en manos mercenarias. Buscó entonces una explicación a su situación particular. Hurgó con manos despiadadas entre sus recuerdos de la infancia y adolescencia; retadora, evocó la educación y costumbres que sus padres le inculcaron, las angustias y sueños de su juventud; pensó en su marido y en los ideales burgueses que regían su vida actual. Amontonó traumas, frustraciones y complejos, los puso en orden, lo catalogó, todo en vano. El culpable no aparecía. Y entonces la luz se hizo en su interior. Se sonrió ante el espejo, tranquila y reconciliada con ella misma al descubrir la verdad, su verdad: “nací para vaga, de plano lo admito, lo asumo conscientemente y trascendió así mi destino”.
Y siguió siendo feliz.

Ana F. Aguilar
No. 74, Octubre-Diciembre 1976
Tomo XII – Año XII
Pág. 83

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s