Una tonada triste


Encendió un cigarrillo al momento en que el tocadiscos se detuvo. Después de fumar vio con tranquilidad cómo el humo se escapaba por el ventanal del apartamento. Dio media vuelta sobre la silla giratoria. Colocó de nuevo la aguja sobre la banda número tres y la tonada triste siguió sonando en sus oídos. Buscó mayor comodidad. Se echó para atrás de la silla y colocó las botas sobre el escritorio. Abrió una gaveta y sus ojos de iluminaron de satisfacción. Estiró el brazo y sacó del fondo una pistola cachas blancas. La acarició con morbosidad. El disco seguía sonando: “… y sólo quedará mi voz en tu recuerdo…” Con mucha calma revisó el cargador y se aseguró de que no faltaba un solo tiro. Colocó la pistola sobre el escritorio. “… Y tus ojos llenos de melancolía posarán sobre las huellas de mi pasado…” Siguió fumando con deleite; como queriendo aprovechar al máximo su cigarrillo y extraviando sus ojos en un punto indefinido de la pared desnuda. Observó el reloj de puño. “… Y nunca dirás a nadie lo que fue de nosotros…” Se incorporó con lentitud y se abrochó la chaqueta verde olivo. Tomó de nuevo la pistola con mucha seguridad. Sacó un papel de la gaveta. Leyó el instructivo de la operación y abandonó el apartamento. El disco siguió sonando.

René Velasco
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 373

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El perro


Sueño que soy un perro, un perro feliz. No tengo nombre (el perro feliz, como el hombre feliz, no tiene nombre) y deambulo por las callejuelas de los barrios pobres. No es que aquí abunde más la comida, los apetecibles huesos: quienes habitan en la zona son recolectores de desperdicios, vagos, maleantes, prostitutas, obreros desplazados, mendigos, enfermos casi todos ellos; no abunda la comida, es cierto, y con frecuencia el hombre la disputa al perro; más los señores ricos tienen en estos barrios una especie de basurero habitado, y los desperdicios de las comilonas de los grandes señores van a parar a estas calles…

Meto la cabeza en esos desperdicios, y luego asomo el hocico relamiéndome la lengua colorada y húmeda. Soy feliz: no tengo un amo que me acaricie el cogote ni la seguridad de un rincón; pero soy feliz. A ratos me harto algo, cuando puedo; y cuando no encuentro nada en que hincar el diente, me consuelo persiguiendo gatos parias.

Pero despierto del sueño, y soy de nuevo infeliz. Porque me he acostumbrado paulatinamente a ese papel, que en apariencia cuadra tan poco al señor que vive y sufre este castillo.

Álvaro Menén Desleal
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 373

Sergio Ovidio García

Sergio Ovidio García

 Don Sergio Ovidio García fue un escritor espectacular. Entre sus más famosas novelas se encuentran “El Partideño,” “El Bastardo y Otros Cuéntamos” “Atarrayas al Sol,” “Ahora, la Partideña.” Ganó muchos concursos literarios nacionales e internacionales, entre ellos el famoso “Hucha de Plata,” de Huelva, España, con su cuento “Después dela Ofensiva.” Durantemuchos años en el Diario de Hoy y en la Prensa Gráfica, el Latino, publicó consejos gramaticales, y los famosos clásicos Roxil, y editorial Abril Uno, publicaron sus libros. Formó parte del Ateneo de El Salvador. También escribió una infinidad de cuentos cortos, y los que él llamó “Cuéntamos.” Estos eran pequeños cuentos con desenlaces inesperados.

Lo tengo presente sentado en la salita de su casa en San Salvador, con las piernas cruzadas, escribiendo con un lápiz sobre un cuaderno de papel de empaque…mientras movía los labios, repitiendo lo que había escrito…  Alguien que lo haya conocido antes y después de conocer al Señor Jesús, podrá ver como su fe impactó su forma de escribir… Habría tanto que contar de él. Yo lo recuerdo como un hombre de mucho conocimiento, pero humilde, buena gente, amable, servicial, puntual, muy responsable de sus compromisos; cuando se trataba de hacer una diligencia como ir al banco o a votar, se levantaba muy temprano para ser el primero en la fila… Cuando me gradué de licenciatura, fue uno de esos pocos que leyeron mi tesis… Me había anticipado que “Dios mediante” quería estar presente en mi graduación de doctorado…  Nos quiso mucho. Viajaba de El Salvador a Guatemala en bus, donde Almi y yo residíamos, más de una vez escribió un cuento sobre las peripecias del viaje…[1]