Cadenas de felicidad


Como el progreso no conoce límites, en España se venden paquetes que contienen treinta y dos cajas de fósforos (léase cerillas) cada una de las cuales reproduce vistosamente una pieza de un juego completo de ajedrez.

Velozmente un señor astuto ha lanzado a la venta un juego de ajedrez cuyas treinta y dos piezas pueden servir como tazas de café; casi de inmediato el Bazar Dos Mundos ha producido tazas de café que permiten a las señoras más bien blandengues una gran variedad de corpiños lo suficientemente rígidos, tras de lo cual Ives St. Laurent acaba de suscitar un corpiño que permite servir dos huevos pesados por agua de una manera sumamente sugestiva.

Lástima que hasta ahora nadie ha encontrado una aplicación diferente a los huevos pasados por agua, cosa que desalienta a los que los comen entre grandes suspiros; así se cortan ciertas cadenas de la felicidad que se quedan solamente en cadenas y bien caras dicho sea de paso.

Julio Cortázar en “Un tal Lucas”
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 393

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María Luisa Erreguerena

María Luisa Erreguerena

¿Tienen las personas, siquiera, un poco de alma? Tal vez sí, pero María Luisa Erreguerena suele presentar en sus cuentos a más de un desalmado. Tal vez por haber nacido en México, una ciudad “de altura”, nos presenta a ángeles caídos por descuido o borrachera, a demonios amistosos, a dioses nostálgicos. En sus libros de cuentos: Un día dios se metió en mi cama, Nuevos vientos, Lo que fue de mí, El secreto de Sofía, El huerto de Jazmín, La contadora de cuentos, Las sirenas de San Juan, y en el presente volumen, nos invita a dar un paseo por un jardín luminoso que tiene algo de lado oscuro de la luna[1].

 

Prostituta y ladrón que a todos ven de su condición

Mi padre fue ladrón y mi madre prostituta. Profesiones, por lo demás, bastante respetadas entre mis compatriotas. Se conocieron en algún puerto donde mi padre vendía no sé qué de chácaharas alegando sus poderes mágicos. Mi madre se enamoró del él presintiendo a un próspero comerciante. Se casaron; contaban que en un día muy lindo. Mi madre vestía de blanco y lloraba de alegría. Mi padre serio y de negro, calculaba el costo de lo que estaba haciendo; dividió 14600 noches que tendrían los cuarenta años que, calculó, dormiría con mi mamá. El precio le pareció bien. Mi madre no disfrutó ni mucho ni poco la primera noche de su prostitución.

Los años siguientes no fueron diferentes a los años de antes. Mi padre se quejaba de que la gente no compraba por la época difícil, pero nunca se le debe creer a un ladrón. Se hizo rico. Mi madre alardeó siempre de una vida de castidad pero tampoco se le debe dar crédito a una prostituta.

Con frecuencia había invitados en la casa: ladrones, mentirosos de profesión y contadores de historias verdaderas. Recuerdo a don Joaquín: borracho, homosexual y poeta. A Pedro Ángel: chulo misógino y seductor. Conocí ahí a Francisco, por oposición, joven, honrado, y silencioso. Decidimos fugarnos.

Cuando nos fuimos se dieron cuenta que estábamos locos.

María Luisa Erreguerena
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 381

Si el placer se midiera por las apariencias


A las cuatro de la tarde, la prostituta, al despertar goza de un momento de libertad. Hace un recuento con la boca seca y los ojos aún húmedos. Mirará el dinero que el último cliente dejó en su velador alumbrado por la lámpara de globo. No podrá evitar mientras bosteza, sugerirse la idea que si sumara a los 25 años de oficio todos los hombres que se han acostado con ella. Bastaría con colocar en la descabellada posibilidad, un sexo después del otro en un abierto desafío contra la lay de gravedad interrogando a las estrellas sobre su felicidad o desdicha pensando que el amor es una quimera o en todo caso un engañoso juego de artificio.

Alfonso Alcalde
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 377