El hacedor de los cielos y la tierra


“Y Jehová Dios formó al
hombre del polvo de la
tierra, y sopló en sus
narices aliento de vida y
el hombre vino a ser
alma viviente”
(Gén. 2:7)

A pesar de haber trazado minuciosamente su plan (Isa. 46:9-11) y de preparar la tierra durante más de cuarenta mil años para ser habitada (Hech. 15:18), una vez que Dios hubo creado al hombre no se sintió satisfecho de su obra.

Varias veces repitió aquel modelo donde, con sabiduría maravillosa, había hecho previsión del número exacto de huesos del esqueleto humano (doscientos seis en total); donde había construido un sistema eléctrico extraordinario (sistema nervioso); y donde hasta los detalles más insignificantes fueron ejecutados con sumo cuidado, al grado de numerar los cabellos de la cabeza (Mat. 10:30). Sin embargo, acaso porque el material utilizado era bastante ingrato, o porque todo gran creador es siempre un inconforme, al contemplar aquel espectáculo monótono y poco dinámico, Dios sintió que algo faltaba a su creación.

Fue entonces cuando su amado hijo Lucifer (el poderoso lucero de la mañana, el futuro heredero del mundo) interrumpió su cántico celestial de alabanzas y gozo (Job. 38:6,7) para, con una previsión no menos genial, susurrar al oído del Padre (Rel. 3:7-40):

—Hagamos que cada criatura piense de una manera distinta.

Rolando Arteaga
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 415

Happy end

Aquella noche encontró, por fin, al hombre de sus sueños. Y decidió quedarse dormida para siempre…

Francisco Silva García y Lidurbelia Godínez
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 407

Los silfos


A cada una de las cuatro raíces o elementos en que los griegos habían dividido la materia, correspondió después un espíritu. En la obra de Paracelso, alquimista y médico suizo del siglo XVI, figuran cuatro espíritus elementales: los Gnomos de la tierra, las Ninfas del agua, las Salamandras del fuego, y los Silfos o Sílfides del aire. Estas palabras son de origen griego. Littré ha buscado la etimología de “silfo” en las lenguas celtas, pero es del todo inverosímil que Paracelso conociera o siquiera sospecha esas lenguas.

Nadie cree en los Silfos, ahora; pero la locución “figura de sílfide” sigue aplicándose a las mujeres esbeltas, como elogio trivial. Los Silfos ocupan un lugar intermedio entre los seres materiales y los inmateriales. La poesía romántica y el ballet no los han desdeñado.

Jorge Luis Borges
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 404

Si hubiera parque…

En lo más enconado de la batalla en contra de las fuerzas celestiales, Luzbel, horrorizado, descubrió la inminencia de su derrota por falta de recursos bélicos.

Ya no le quedaba parque: había gastado toda su pólvora en infiernitos…

Francisco Silva García y Lidurbelia Godínez
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 399