… de Carlos Roberto Morán

En 1976 la Argentina vivió uno de sus años más terribles. En los primeros meses, el gobierno de la viuda del general Perón –fallecido un año y medio antes- daba sus últimos estertores mientras el país se cubría de torturados y muertos. La parapolicial y fascista Triple A creada por el ministro López Rega asolaba a la Argentina, la guerrilla daba golpes cruentos tanto a militares como a opositores políticos y la economía parecía a punto de estallar. En marzo de ese año se produjo el último golpe militar, el general Videla tomó el poder y la represión se volvió aún más feroz. En la Argentina comenzaron a desaparecer los presos políticos y todo el país se transformó en una gran cárcel.

No sólo ocurría en la Argentina. Aunque con menor ferocidad (comparativa), también había dictaduras brutales en Chile, Brasil, Paraguay y Uruguay. De este país debió huir el escritor Jorge Ruffinelli, quien encontró sitio en Xalapa, México, donde dictó clases y dirigió una revista, “Texto Crítico”. En esa revista pude publicar un largo comentario crítico sobre el entonces joven -y brillante- escritor mexicano José Agustín.

En medio de esas colaboraciones y de las escasas cartas que intercambié con Ruffinelli, conocí a Raúl Hernández Viveros, quien iniciaba entonces su propia publicación.  Ruffinelli se radicó en Estados Unidos y el contacto siguió con Raúl y se ha mantenido a lo largo de los años. En tanto, en empleos mal remunerados, yo trataba de continuar viviendo en un país donde la política estaba prohibida y la represión continuaba, mientras la sociedad se adaptaba a los tiempos del silencio. Muchos, en tanto, seguían en cárceles, en centros clandestinos de detención, eran torturados, muertos. Otros marchaban al exilio.

Raúl y sus amigos me propusieron publicar mi primer libro de cuentos en 1980 y así apareció en Xalapa “Territorio posible”. Y siete años más tarde tuve la satisfacción de que fuera la Universidad Veracruzana la que publicara mi segundo libro, “Noticias desde el sur”. Fue la Universidad la que me invitó a Xalapa, a participar de un panel y a presentar el libro.

Crédito mediante del instituto argentino Fondo Nacional de las Artes pude viajar por dos semanas a México en los comienzos de julio de 1987. Frío intenso en la Argentina, calor y humedad en Xalapa, encuentro al fin con Raúl, con Marco Tulio Aguilera Garramuño (colombiano arraigado en México, con parientes lejanos en Argentina) Conocí a muchas personas más, claro está, como Luis Arturo Ramos, pero de ellos los años fueron borrando los nombres y también los rostros.

Xalapa me pareció sencillamente hermosa. Como deslumbrante me resultó el por entonces recién inaugurado Museo de Antropología. Conocí al uruguayo Ariel Muniz y a otros más algunos de los cuales me obsequiaron sus libros. Participé del panel al que había sido invitado, donde volví a hablar sobre José Agustín y su obra.

Había querido la suerte que Pepe, como lo llamaban sus amigos, hubiera pasado por mi Santa Fe en una circunstancia muy particular, semanas antes, y que lo conociera personalmente, luego de haberlo leído por años, y pudiera platicar largamente con él. Él, esa sí que fue mi sorpresa, sabía cuánto lo admiraba y había leído varios de los escritos que le dediqué a su obra, tanto en México como en Venezuela (en la Revista Nacional de Cultura de entonces)

Luego de mi permanencia en Xalapa, debía viajar a la ciudad de México, previa visita a Veracruz, visita relámpago a la ciudad del calor, bellísima también, con gente amable que escuchó mi charla sobre la realidad argentina, que con el advenimiento de la democracia y el renovado/renovador gobierno de Raúl Alfonsín estaba devolviendo oxígeno a un país que había soportado no sólo una larga dictadura, la peor y más cruel de todas las que padeció Argentina, sino también la triste guerra de Malvinas, una aventura bélica de la dictadura con resultados desastrosos, incluyendo los casi mil muertos de jovencitos e inexpertos soldados argentinos enviados a ese verdadero matadero.

En auto, corriendo contrareloj, llegamos a México donde José Agustín se mostró un anfitrión de lujo. Me hizo un cálido reportaje en la librería “El juglar” del DF (conservo la imagen de un edificio cubierto de enredaderas, con un bar que permitía el diálogo personal, diría privado, aunque estábamos rodeados de cámaras y técnicos de la televisión) También estuvo en la presentación de “Noticias desde el sur” en el Museo Carranza, con mucha gente, muchos medios, invitados en su gran mayoría por el propio Agustín.

Las cosas que me pasaron en esos días en México se conservan frescas  en mi memoria, casi como si hubieran ocurrido hace pocas semanas y no veinticinco largos años. Eso, porque fui más que bien tratado. Notas, entrevistas, remuneraciones inesperadas por participar en tal o cual acto, la presencia fraternal de Raúl que fue un perfecto cicerone, los diálogos con José, con Ariel, el degustar las comidas desconocidas de los mexicanos (los chiles eran una dificultad a vencer, los dulces los platos que quería repetir) Todo me gustó, Xalapa, su universidad, Veracruz y el Instituto que me recibió, su puerto, el viaje por las montañas, la parte más antigua del DF y la más actual, la amabilidad de tantos y tantos con los que platiqué.

Destaco el encuentro con el maestro Valadés, que fue a verme en una segunda presentación del libro en otro lugar, que esta vez fue un fracaso porque llovió copiosamente esa tarde. Pensemos que fue por eso que la ausencia de público resultó total. Pero el maestro, con quien había intercambiado alguna correspondencia, tuvo la deferencia de desplazarse en medio de la lluvia sólo para saludarme y entregarme uno de sus libros, que por supuesto conservo en mi biblioteca.

Esas dos intensas semanas mexicanas fueron inolvidables para mí. En Argentina he sido durante años un periodista de provincia, y cada tanto un escritor. México me recibió -y halagó- sólo como esto último. Agustín, a quien tanto admiraba por “Inventando que sueño”, “De perfil”, “Abolición de la propiedad”, “Final en laguna”, en fin, por esa obra renovadora tan considerada en América Latina (y, créase, también en Argentina) me trató con una deferencia excepcional, de la que aún hoy sigo reconocido.

Regresé con nostalgia y agradecido a un país tan rico y amplio, que me recibió con tanta generosidad. Regresé a Argentina con ganas también, porque me esperaban mi mujer, Zulema, y mis pequeños hijos Pablo y Gerardo. Veinticinco años más tarde, por invitación de Alfonso Pedraza, recuperando un texto que el maestro Valadés se avino a publicar en su inolvidable revista, escribo estas líneas que me devuelven esa nostalgia, los años más jóvenes, las amistades que entonces coseché y algunas de las cuales, como la de Raúl, siguen vivas, aún hoy.

Con José Agustín en El Juglar 1987

Con Raúl  Hernández Viveros

Frente al Museo de Antropología de Xalapa

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