Nocturno

Departíamos ávidos, vivaces los tres rostros. El de mujer susurro sigiloso emitía. Hacía de las suyas en la comarca un loco. Consagrado al estupro: cuenta cinco violadas. Señas suyas de menos hecha la policía. Su sed de estupro aumenta; es versátil, incruenta. Incruenta si doncella no sucumbe a su fuerza; a inexhausta lujuria, el aporte de hormonas. Volcó entero su miedo cerval de solterona. Viajábamos a solas hacía largo rato.

Sobrevino una pausa; me hundí en el respaldar. El azar ha juntado una mujer, dos hombres. Nos cruzamos miradas lelas el hombre y yo. A sus anchas las ruedas del tren parían ahora. Quedamente hacen mutis; hace escala aquel tren. Se aleja por la noche y la niebla engullido. Lumbre fuerte de luna llena baña el andén. Ni un alma a la redonda fantasmal se recorta. La mujer me suplica la acompañe a su casa. Camino allá me dice no llega a los cuarenta.

Por entero la abarco con mirada discreta. ¡Soy Priapo proverbial!, fuera de sí me espeta. Zafarse de mí intenta, grazna ¡auxilios!, ¡socorros! Detengo su arrancada: a su brazo me aferro. Cabe a la vía férrea, hemos rodado al césped. Llora, aulla, me llama ¡sátiro!, ¡azote de himen! Grita llevo con ella seis mujeres violadas. Me pregunta qué muerte le espera, ya gozada. Ya gozada que escoja su propia muerte, pienso. Bástame hacer las veces, complacer a la víctima.

Rogelio Llopis Fuentes
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 427

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