Cuando la María Lúe


Cuando la María Lúe le dijo a su marido que había parido una serpiente, que todos los nueve meses en espera del crío habían terminado en ese retorcido viscoso y veloz de color verde que a duras penas podía mantenerse entre los mimbres de la cuna, aquel, el Secundino Lúe, salió al patio de la casa, le dio filo al machete y regresó a la habitación con el rostro congestionado. Después le dijo a la María: —¿Ve lo que pasa por putear con el diablo? Y le dio un primer machetazo hondo, en la frente. En seguida abrió la cuna. Pescó hábilmente por lo que debe ser el cuello a la serpiente y se fue con ella al monte. En un huatal hermoso, con olor a humedad y calor de ayer, la dejó ir. —Dios te bendiga, pues —musitó—. Al regresar al pueblo el Secundino traía los ojos colorados, colorados.

Roque Dalton
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 453

Torturas

Dejadme en paz. Lo diré, lo confesaré todo. Lo que queráis. Habéis vencido. Pero esa derrota la vislumbré muchos años atrás. Era incapaz de soportar cualquier dolor. El dentista, la rozadura del zapato, las inyecciones, los reglazos en la punta de los dedos de aquel fraile de terrible mirada. “Fueron ésos” le dije, con un sollozo, señalando a dos de mis compañeros. Aquella noche no pude dormir y mi madre no supo porqué. Entonces intuí que jamás sería capaz de sobreponerme a la tortura. ¿Qué queréis saber de mí? Lo diré todo. Pero me habéis roto los dedos, cortado la lengua, quitado los ojos, estrujado los testículos, hinchado el vientre con cientos, miles, quizá, litros de agua… Por lo tanto no puedo hablar ni escribir. Mis palabras, resuenan con fuerza en el cuarto de baño. Mi hijo golpea insistentemente la puerta, porque aguarda su turno y yo me apresuro para no llegar tarde a la oficina.

Alfonso Ibarrola
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 451

Visión

Está en el cerro más alto del lugar. Su mirada domina el pueblo, esa aldea desde la que subió lentamente.

Desde su mirador ve el caserío, los asnos grises, las barbas de los hombres, las faldas de las mujeres, los andrajos de los chiquilines; también las armas de los soldados, los pastizales, y alguna oveja.
Escucha las charlas de los grupos en la plaza, la risa de los borrachos, el ladrido de algún perro hambriento y el quejido de un moribundo.

También percibe las nubes que se cierran.
Ve muchas cosas, muchas más que los otros que subieron con él. Con su gesto y su mirada abarca todo el valle. Pero ya queda poco tiempo, muy poco para recordar.

Es jueves.

Debe irse.

Inclina un poco más la cabeza, tratando de ver hacia abajo, sin lograrlo, lo único que no alcanza en su visión: el clavo que atraviesa sus pies.

Rodolfo Carcavallo
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 449

Las mariposas

Yo lo sabía, lo sabíamos todos, lo sabía ella. Superaban en realismo los gatos bigotones, sus trazos aparecían más perfectos que el jarrón de margaritas, sus tonos más vivos que la pagoda china; ni las caritas de niños sonrientes ni los lagos con patitos competían con mi elegante mariposa. Era el mejor trabajo de todos. Pero ella dudó de mi capacidad y estúpidamente concluyó: “Te dije claramente que no te ayudara en la tarea tu padre”. Por eso cuando ordenó diseñar para el examen las “Colias addus”, yo no reproduje la disecada mariposa, trace algunas formas geométricas, las coloree y entregué el dibujo. Y cuando ella palideció de coraje al observar los irregulares cubos, vengué la ofensa a mi talento, con todo y que después dijera biliosamente: “¡Pablo Ruiz Picasso, estás reprobado!”

Guillermo Meléndez
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 447