Lo supo aquel día


A Pal, por su amor a la literatura.
A Juan Rulfo, tal vez.

Aquel mismo día lo supo, aunque quiso rebelarse a su destino, ahogarse en la superficie —un poco prisión— que lo integraba. Imprecó una y otra vez porque la fatalidad ya acechaba en cualquier momento. La medialuna y él significaban la muerte, el punto donde confluirían las fuerzas reales, funestas, de la certidumbre. Supo también que iba a morir, lo sentía en el aire, en los murmullos que se agolpaban a su alrededor. Por eso se había negado a las circunstancias y todos podían irse al demonio. Que lo dejaran solo, sí, aunque a lo mejor quedaba una esperanza, un descuido por donde se pudiese escurrir al golpe fatal. “Maldita sea”. Si fuera posible el cambio, si al menos tuviera un poco de ternura para mí —piensa.

En ese momento Susana lo miró desde su tumba y Aquél continuó acechándolo, atormentándolo con los recuerdos, retrasando a veces su destino. Se incorporó altivo, pese a todo, porque su voluntad, su fuerza, golpearon su pecho. Ahora sí tenía evidencia, no tuvo, jamás, otra alternativa. Sí, lo supo desde aquel día: él, Pedro Páramo, estaba condenado a vivir —de página en página— hasta el fin del libro.

Oscar Wong
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 455

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