Monólogo


Señores: esto de no tener memoria es algo grave; figúrense que no se qué parentesco me liga a mi mujer. A ver si ustedes tienen más memoria que yo. Mi padre se casó con la hija de una viuda y yo me casé con la viuda y todo quedó entre familia.

Desde el momento que me casé con la viuda, la hija de ella pasó a ser hija mía y como mi padre se casó con mi hija, ya él deja de ser padre para convertirse en hijo mío. Mi hija, que es hija de mi mujer, se ha casado con mi padre; es mi madre entonces y madre política de mi mujer. Luego resulta que mi mujer es hija de su propia hija.

Supóngase que salimos en coche. ¿Quién debe ceder la derecha? ¿Mi padre a mí, que es mi hijo o yo que soy hijo de mi padre? Mi mujer ha tenido un hijo y como mi mujer es madre de mi padre, y mi hijo es cuñado de mi padre, y mi hijo, como es hermano de la mujer de mi padre, resulta que es mi tío, siendo mi hijo; y como mi padre es mi padre, mi hijo es su nieto: luego mi hijo es cuñado de su abuelo.

El otro día, mi hijo hizo una diablura y fui a pegarle, pero mi hijo que es cuñado de mi padre, es mi tío y no pude castigarlo porque nunca se ha visto a un sobrino pegarle a su tío.

Ahora con todo esto, ya no sé ni quién es mi padre ni quién es mi hijo, no sé si mi padre es mi hermano ni… Así que resulta que siendo todo, n soy nada. Por favor, por lo que más quieran, el que deduzca esto escríbamelo a la calle… a la calle ya no me acuerdo, pero, a ver, lo de al lado. ¡sí que está bueno! No me acuerdo si me llamo Antonio o Jesica ¡ah, ya me acuerdo!

Sinfronio Peresiprana

“Parra” en “La gaceta” de Tucumán
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 255

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Rostización

Entré a “Pollos Rostizados, S. A.” y me armé de paciencia para estar ahí un buen rato… Ya sabe usted cómo son estas tiendas y sus promociones de “una pierna gratis”.

Después de una espera de 15 minutos los leños empezaron a arder y comenzó a girar el aparato. Hacía un calor de desierto, pero ya era tarde como para andarme arrepintiendo.

Vi entrar a mi antiguo vecino, Adelmiro Buenrostro, pero creo que no me vio, o no quiso reconocerme. La verdad es que el ambiente es muy pesado como para empezar con saludos y abrazos y cómo está la familia…

Dí vueltas un buen rato, hasta que por fin una chicharra anunció que ya era hora y el muchacho se puso a vender.

No sé ni cómo, pero en un abrir y cerrar de ojos estaba yo en la carcacha de Adelmiro y emprendíamos raudos el camino a su casa.

Cuando llegamos, me quitaron mi vestimenta, e intercalando bocados de puré de papa y cacofonías de niños chupándose los dedos, acabaron conmigo hasta dejar tan sólo mi esqueleto.

Guadalupe Vadillo
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 250

La excursión


Sentado sobre la estrecha pared de piedra que bordeaba el dique, vieron a un rubiecito delgado y serio. De unos ocho años de edad. El embalse inmenso, allá abajo, era un abismo impresionante para los turistas, que se estremecieron al ver al chico con las piernas colgando sobre el vacío.

—Pero, ¿de quién es esa criatura? —preguntó una señora.

Nadie le contestó.

—¿Con quién estás, decime? ¿Dónde vivís?

El rubio se dio cuenta, despacito y la miró con sus ojos grandotes, que reflejan el celeste de las aguas del lago.

—¿Y cómo te dejaron subir ahí? —insistió la señora.

Sin hablar, el chico se paró sobre el muro.

—¡Pero te vas a caer! —exclamó ella, extendiendo los brazos.

El rubiecito echó a correr por el cerco del dique. De pronto se detuvo y juntando los brazos sobre la cabeza, se lanzó al vacío.
Todos gritaron y luego se inclinaron sobre la pared.

A medida que el chico caía, lo veían con menos claridad, como si se fuera haciendo transparente. El agua no se abrió para recibirlo: desapareció en el aire. La gente miraba consternada.

El chofer del micro tocó la bocina.

—¡Ya salimos! —anunció.

Los pasajeros fueron subiendo lentamente. La señora bufó, enojada:

—¡Ya no saben que hacer para atraer al turismo!

El ómnibus arrancó y se perdió en la distancia.

El rubiecito, sentado de nuevo en el cerco de piedra, miraba distraído el lago.

Armando Beilin
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 247