De algunas manías de un rico mercader de Memphis

El mercader poseía una variada colección de caballos. Esos caballos fueron adquiridos con las más duras penas. Unos eran todavía procedencia legítima del Apocalipsis. Esos, por ser los más antiguos, eran alimentados por pequeñitos cuerpos de ángeles, los expulsados de la tierra. Los caballos más nuevos descendían, en linaje directo, de viejísimos reyes de la Babilonia. Esos eran tratados con suculentas sopas, extraídas de los residuos de los complicados alfabetos de las lenguas extinguidas. Tales animales tuvieron sus razas destruidas por las guerras. Por eso, el mercader los preservaba en lujosos palacios dotados de acústicas especiales, capaces de guardar, bajo registro, sus mínimos gestos amorosos.

Adao Ventura
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 272

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Rectángulo sin verbos

Ejecutivo. Esposa.
Andén. Tren. Beso. Partida.
Cigarrillo. Litera.
Sonrisa. ¡Hola!. Juntos.
Teléfono. Moneda. “Sola”. Cita.
Taxi. Apartamento. Ascensor. Timbre.
Sonrisa. ¡Hola!. Juntos.

Rodolfo U. Carcavallo
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 269

Los Griegos

Los griegos no inventaron nada. El mar destellaba antes que ellos. La tierra dura y accidentada estaba ahí. El fuego que habría de devorarlos, ni siquiera él venía de sus manos. Llegaron simplemente tarde, hasta la costa. Allí se detuvieron, e hicieron sus casas y sus libros. Ulises, como el mar, como la tierra y como el fuego, ya los aguardaba. Sólo puede atribuírseles que un día, hartos de mirar a un cielo vasto y oscuro, crearon las estrellas. Pero, inclusive sobre esto, a veces me asaltan graves dudas.

Sin embargo, cuando las noches son claras, musicales e inmensas, todo es una evidencia: las estrellas son griegas.

Carlos Villalba
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 268

Final de conversación

Obsérvame. Es inútil que vengas cada tarde, llames a la puerta, pidiendo con que calmar tu sed antigua y vigorosa. Es inútil que te asomes ansioso a mis ojos, llenándome las ganas reminiscentes con esa expresión que demanda tiernamente. Escucha. Pierdes el tiempo, porque ya se me pasó la época de conmoverme con sólo mirar la posición de una mano sobre el marco de las ventanas, y yo dejé de creer en las imaginarias formas de las nubes, y si el amanecer tiene colores al igual que el ocaso, yo no comparto su belleza, sino su semejanza, y la música, ¡oh, de veras, las músicas!, ejemplos de organización que forzosamente detesto. Oye: eres bello. Eres bueno. Como un dulce en una vidriera. Desde mi sitio reniego de todas las vidrieras, incluso aquellas que contenían dulces cuando era niña animada. ¿Ves? Pierdes el tiempo, querido; soy porque tuve que dejar de ser la que pudo darte el verdadero gusto, estúpido filántropo, reconóceme eminentemente práctica, objetiva; prescinde de toda la pureza que subrepticiamente pretendes inocularme: no palpito y no me hace falta. Vete, no insistas… mira: las ruedas del sillón que te ha destronado sólo requieren un par de manos para rodar, rodar, rodar…

Martha Yera
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 267