Razón de más

Después de ver todas las pruebas que él tenía de si infidelidad —fotos, grabaciones, nombres, fechas, lugares, películas, etc.—, ella comprendió que no quedaba ya más que una solución.

Se dirigió entonces al buró, abrió el primer cajoncillo y sacó una pistola.

Todo se había derrumbado, había sido descubierta y no tenía argumentos para defenderse. No podía ni siquiera tratar de mentir, como último recurso. Lo sabía inútil, pero sin embargo sentía profundamente que todo tuviera que terminar de esa manera.

Llegó al lado de su marido y le entregó la pistola.

El la tomó y verificó la carga, quitó el seguro, pasó un cartucho a la recámara y apuntó cuidadosamente a la cabeza.

Al percatarse de esto, ella le sugirió que apuntara al corazón; sería menos doloroso y no le desfiguraría el rostro.

Ella —como siempre— tenía razón, y él —también como siempre— le hizo caso, y moviendo el arma, apuntó a su propio corazón…

Lucio Grullo
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 287

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