La lucha

Los cuerpos cuya brillantez denunciaba sudor, estaban de nuevo frente a frente y otra vez como antes volvían a chocar con la misma fuerza, con la misma excitación.

La tranquilidad de la noche era interrumpida por aquellos bufidos salvajes que inundaban el espacio, cortando inconsistentemente el aire. Las fosas nasales parecían insuficientes.

El final no podía dilatar más… Un gemido bestial fue el preámbulo del desenlace; las uñas se clavaron en las carnes, los dientes sujetaron rabiosamente a su presa cuyos ojos parecían perder dirección abandonando las pupilas.

Después vino la calma.

La sangre bajó lentamente su temperatura; la respiración de los cuerpos volvía a ser rítmicamente suave; el sabor de la carne antes imperceptible era ahora ligeramente salado; los estímulos tensores estaban perdidos…

El acto sexual había terminado.

Luis Quijano Rivera
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 313

El vidente

Mucho he perdido de mi poder. En un tiempo bastaba una leve concentración y mi cabeza adquiría extrañas apariencias ; unas veces adquiría la forma de un huevo cuyo contenido era un devastador ejército de abejorros capaces de hartarse una ciudad… otras veces la de un pesado fardo con pequeñas compuertas que al abrirse desembocaban un mar de tiburones y peces salvajes. Nadie podía verme a esa hora excepto aquellos que en su decisión aceptaban las consecuencias interminables y oscuras de la muerte. Por esa y otras razones, que me limitaré describir, los ancianos decidieron vendarme los ojos y encerrarme como un topo en esta cueva.

Digo que he perdido poco a poco mi poder, aunque no acepto por razones de orgullo que sea el principio de mi fin, pero hay algo de cierto en mis sospechas. Por ejemplo un pájaro ha podido posarse tranquilamente en mi cabeza y hasta ha podido cantar una mañana entera sin sentirse torturado por la constante persecución de un pensamiento tras otro, y esto es mucho, ya que una idea cruzada en mi mente es como una guillotina hambrienta de cabezas. Otra de las razones que encuentro en mi contra es que puedo tocar una flor y hasta aspirarla, si me place, sin que por ello se marchite; pero hay sobre todo una razón para estar fuera de dudas y es que hoy vino mi madre y me ajustó una túnica, tomándome del cuello y hasta me ha besado y bailado frente a mí. Sin embargo nadie decide a quitarme la venda y en efecto ella cree como todas las madres de que soy bueno, tan convencida de que no abriga ninguna duda. Por lo que ha decidido tomarse la responsabilidad de quitarme la venda y sacarme de la cueva.

Alfonso Quijada-Urías
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 311

El místico

Asceta, el místico, vivía en una especie de celda, ante la imagen de un Cristo tallado en madera. Se extasiaba, olvidando por completo al mundo. Oraba.

—¡Apártame de todos los pecados!

El Cristo lo veía.

—¡Que no escuche la voz mundana de la existencia!

—¡Señor, no quiero ver nada, sólo a Ti!

El Cristo lo escuchaba.

Un día, olvidó cerrar la ventana de la celda, que se abría a la luz.
Sus demandas eran cada vez más fervorosas, síntesis de su miedo.

El Cristo no dejaba de mirarlo.

De pronto, por la ventana abierta, penetraron voces: rumor de las cosas, esencias, lluvia, viento, sol… vida.

—¡Señor, perdón, he dejado la ventana abierta…

Y alzó los ojos para implorarle.

La cruz estaba sola ¡Vacía!

El Cristo había escapado por la ventana.

Moisés Plata Becerril
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 294

La memoria de Dios

Creyendo el momento oportuno, los sabios citaron a Dios para enseñarle sus mejores y más complejas creaciones.

Mientras desfilaban ante su mirada los extraordinarios inventos y las fantásticas teorías, Dios movía tristemente la cabeza.

Finalmente, cuando ya decepcionado estaba a punto de abandonar la reunión, una niña, que no pertenecía al comité, se le acercó con un objeto en la mano.

Dios lo tomó, y devolviéndoselo, le dijo —esto es hermoso, ¿lo has hecho tú?

—No, contestó la niña, mientras alisaba los pétalos de la rosa; lo hiciste tú

José Antonio Bernal
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 293