La lucha

Los cuerpos cuya brillantez denunciaba sudor, estaban de nuevo frente a frente y otra vez como antes volvían a chocar con la misma fuerza, con la misma excitación.

La tranquilidad de la noche era interrumpida por aquellos bufidos salvajes que inundaban el espacio, cortando inconsistentemente el aire. Las fosas nasales parecían insuficientes.

El final no podía dilatar más… Un gemido bestial fue el preámbulo del desenlace; las uñas se clavaron en las carnes, los dientes sujetaron rabiosamente a su presa cuyos ojos parecían perder dirección abandonando las pupilas.

Después vino la calma.

La sangre bajó lentamente su temperatura; la respiración de los cuerpos volvía a ser rítmicamente suave; el sabor de la carne antes imperceptible era ahora ligeramente salado; los estímulos tensores estaban perdidos…

El acto sexual había terminado.

Luis Quijano Rivera
No. 76, Marzo-Abril 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 313

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